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miércoles, 2 de marzo de 2011

La viveza criolla. Destreza, mínimo esfuerzo o sentido del humor. José Ignacio Cabrujas


Francis Bacon decía que no hay peor cosa que considerar sabios a los pícaros. Latinoámerica, Venezuela, el Caribe, han tenido siempre la necesidad de mirarse a así mismos, de expresarse en un ícono. Los pueblos tienen una noción de sí mismos y gustan mucho de concretar esa noción, esa apariencia que los pueblos arrastran a lo largo de siglos, de sí mismos, concretarlo en maneras, en personajes, en actitudes, en leyendas, en mitos.

Los venezolanos no somos una excepción al respecto. Quien tipifica, quien estereotipiza a un hombre mexicano, inmediatamente cae en la fatalidad de atribuirle los conceptos que pertenecen, de una manera específica, al ser de los mexicanos; la machura, el patriotismo excesivo, el nacionalismo delirante, pero cuando a México lo ven otros pueblos del mundo, lo ven como el ratoncillo de la Warner Bros, ágiles, astutos, pícaros, siesta, haraganería, flojera. Una imagen viene de un lado y otra imagen la genera un pueblo de sí mismo.

Los venezolanos hemos generado muchos mitos en relación a nosotros mismos, porque los venezolanos somos admiradores de los mitos, porque no entendemos nuestra historia. Como ni siquiera la conocemos, nos hemos visto obligados a sustituir la historia por la mitología, que fue los mismo que le pasó a los griegos, que tampoco conocían su historia, aunque por razones muy distintas. Los venezolanos tenemos mitos, en los cuales creemos tanto que los convertimos en actos de fe. Creemos, por ejemplo, que las caraotas tienen hierro; las caraotas no sólo no tienen hierro, sino que poseen una cubierta que tiene la particularidad de aislar el poquito hierro que podamos ingerir y que además lo elimina, pero no hay manera de convencer al venezolano que las caraotas no tienen hierro.

Así como creemos en el hierro de las caraotas, creemos que somos un pueblo vivo en el sentido de astutos, de pícaros, de una gran destreza y de una gran habilidad. Hemos asociado la palabra vida, palabra hermosa, y la llegamos a confundir con viveza, pensamos que estar vivos es hacer una picardía, decir que una persona es viva o está viva es porque está en algo, está haciendo algo. Nuestra historia niega eso, ¿cuándo fuimos vivos?, ¿qué hicimos para merecer ese calificativo? Basta ver el país, ¿dónde está la vivezas de un país que despilfarró 250 mil millones de dólares en veintitantos años?, ¿cuál es la viveza de un país que se encuentra en este atolladero gigantesco, después de despilfarrar una de las más colosales fortunas que se pueda alguien imaginar?, ¿cómo entender que el Presidente nos diga a cada rato que esta es la peor crisis financiera que pueblo alguno haya vivido desde que en Génova, en 1604, se inventaron los bancos? Nunca, hasta el día de hoy, un pueblo de la Tierra ha vivido una crisis financiera como esta, peor que el crack del 29, peor que el crack alemán. La peor crisis financiera en relación al dinero y población y, sin embargo, tenemos que vivirla. Un país que no ha logrado resolver un enigma, un país que le entran 15 mil millones de dólares y tiene 20 millones de habitantes, ¿por qué este país tiene la crisis que tiene?, no le cabe en la cabeza a nadie, ¿cómo pueden considerarse vivos, astutos, hábiles a los ciudadanos que viven en este país?

Toda América Latina podrá contar su historia de muchas maneras, heroica, abnegada, hermosa, pero astuta nunca. La América Latina no es astuta, bastará leer el panfleto escrito por el uruguayo Eduardo Galeano Las venas abiertas de América Latina, donde se narra el aterrador despojo que este continente vivió desde la época de la conquista, es un despojo indignante, pero es el despojo de los tontos, quien así se comportó, quien admitió que el Potosí, que era un cerro de oro, fuese trasladado en bloques de oro a Sevilla, no es un pueblo astuto.

Venezuela, en ese sentido, es un pueblo especial dentro de nuestro continente, es un país que no ha tenido la conciencia de su propia historia, es un país en gestación. Venezuela es un país no posesionado, nadie en el mundo sabe qué quiere Venezuela, qué proyectos, qué ambiciones, qué deseamos. Una vez un diplomático mexicano dijo que entenderse con Venezuela era lo más difícil del mundo, porque uno se entiende con un alemán, porque sabe lo que quiere, lo que busca, en qué anda; Venezuela ni quiere, ni busca, ni anda. Su conducta en los organismos internacionales es incoherente; no refleja un plan nacional, un desarrollo. Venezuela no se ha inaugurado; su capital, Caracas, tampoco. Es una ciudad sin visión, sin recuerdos, ni nada que la caracterice, es un campamento. Venezuela toda es un campamento y además tiene una cultura de campamento. Aquí hemos afrontado siempre el dilema de que lo que somos, lo que nos ocurre, nuestro comportamiento, nuestro ser histórico no se corresponde con nuestros libros, con nuestro verbo, con nuestra palabra, con nuestras instituciones, con nuestras leyes y códigos. Hay una enorme diferencia entre la realidad y la fijación de un marco cultural en el país. Las leyes que tenemos no son nuestras; es mentira que el Derecho Penal castigue la criminalidad, el comercio en Venezuela no tiene nada que ver con el Código de Comercio, es mentira, sobre todo que la Constitución exprese el proyecto de una nación, sus deseos más profundos.

Venezuela no es un país que haya creado sus leyes, quizás porque las leyes que debería crear, deberían ser reglamentos, más que leyes, como los que existen en los cuartos de hotel. El 27 de febrero Venezuela vivió un colapso ético, que dejó estupefactas a muchas personas, fue una explosión sobre la cual no se ha escrito hondo, amerita un análisis, es una explosión que se traduce en un saqueo, pero no es un saqueo revolucionario, no hay una consigna, es un saqueo dramático, las personas asaltaron locales en medio de una delirante alegría, no hay tragedia, al iniciarse el proceso. A mí me quedó la imagen de un caraqueño alegre cargando media res en su hombro, pero no era un tipo famélico buscando el pan, era un "jodedor" venezolano, aquella cara sonriente llevando media res se corresponde con una ética muy particular; si el Presidente es un ladrón, yo también; si el Estado miente, yo también; si el poder en Venezuela es una cúpula de pendencieros, ¿qué ley me impide que yo entre en la carnicería y me lleve media res? ¿Es viveza? No, es drama, es un gran conflicto humano, es una gran ceremonia. Ese día de juego que termina en un desenlace monstruoso, cruel, la carcajada termina en sangre, es el día más venezolano que he vivido, nunca había sido tan interpretado por nuestra historia, por lo que nos está ocurriendo, es el día que fuimos sublimes y perversos como lo fuimos en buena parte de nuestra historia. Nuestros íconos históricos nos anuncian siempre ese dilema.

Hablábamos antes de las instituciones, leyes y códigos que no nos expresan, pero examinemos qué hemos hecho con nuestros recuerdos históricos. La palabra historia da terror aplicada al país, porque eso exige un reto, exige unos historiadores y no termina de aparecer esa palabra.

Es cierto que existen hombres que se han dedicado a coleccionar nuestra memoria, pero dentro de esos íconos tenemos las dos caras, una que el país exceptúa de sí mismo: Bolívar.
Bolívar es venezolano sólo en el sentido paradójico que pudiese tener la palabra, nuestra paradoja; es venezolano en la medida que no es venezolano, en la medida en que no se comporta, en que no se predica en torno a Bolívar las características que nos hemos atribuido a nosotros mismos como pueblo, ciertas o falsas.

El Libertador es sublime, nadie lo describe como astuto, como pícaro, se pondera su inteligencia, su talento, su genio, es un ícono moral, es un hombre sublime, enfrenta la vida y los venezolanos amamos contar esa historia, enfrenta su vida con pasión, con sentimiento, con fuerza, es una persona de la cual esperamos siempre que la historia nos confirme gestos de un inmenso poder moral, por eso lo hemos exceptuado, hemos llegado a ese convenio, nadie sabe cómo fue Bolívar, pero hemos llegado al convenio social de colocarlo como un paradigma, es nuestra única atadura con lo sublime y lo elevado.

Frente a él, la otra figura: Páez. Este sí, el pícaro, el astuto, el mediocre, el incapaz de ponderar un sueño; nuestra historia encierra una tragedia o nos gusta contarla de una manera trágica. Era la historia que soñaba con un ideal: la Gran Colombia, un ideal inobjetable, un delirio, cinco grandes países unidos, un sueño de grandeza. ¿Lo destruyó quién? Un venezolano integral: Páez. El que somos, el que dijo que no, no, porque no sirve, no, porque no se adecúa; no, porque no es real.

La carta que unos comerciantes de Naguanagua le dirigieron al general Páez y que éste exhibió como documento, es una carta venezolana, completa. Decía algo así: "Estimado general Páez, nos parece que el proyecto del General Bolívar es un disparate, hemos luchado abnegadamente por superar la colonia española, el poder español, nos hemos matado en los campos de batalla, por no pagar impuestos a los españoles, y qué, ¿vamos a pagar impuestos a los colombianos?, no". Esta es la razón por la cual se desmoronó un sueño sublime, porque los comerciantes de Venezuela entera, decidieron que pagarle impuestos al gobierno de Santa Fe de Bogotá era un crimen y algo antivenezolano.

Esto es el punto en que lo sublime queda y la picardía empieza, la astucia, frente al pasado Bolívar, al del sueño complejo, alambicado, difícil, de enorme empresa de envergadura, surge la trampa, el costado, la manera, el meandro, la forma de llegar, de no perder... Esto es gran parte de nuestra historia. Nicanor Bolet Peraza, escritor costumbrista, escribió un relato olvidado, dedicado a un teatro que funcionó en la Caracas de 1800, llamado el Teatro de Madereros. Cuenta que en ese teatro se escenificaba todas las Semanas Santa, la Pasión de Cristo y estaba hecha por actores venezolanos y era un espectáculo cómico. A ningún pueblo se le ha ocurrido contar la pasión de Cristo de una forma cómica, ya que la Pasión de Cristo no debería hacer reír a nadie, pero a los caraqueños les causaba risa. Bolet Peraza analizaba esto y se preguntaba si no sería que los caraqueños eran unos blasfemos, unos irreligiosos, pero no era eso, no era que la gente se reía en sí de Cristo, ni de la Virgen, la gente caraqueña se reía de que un actor venezolano hiciera el papel de Cristo, es decir, les producía risa que un local, un coterráneo, interpretara tan sublime papel. Quizás si lo hubiese interpretado un actor español, o un sueco, no hubiese causado tanta gracia.

Bolet Peraza nos alertaba que a lo largo de nuestra historia, nos ha sido vedado lo sublime, el sentimiento trágico. El venezolano no asume la tragedia, porque la tragedia expresa una fe del hombre en sí mismo. Quien escribe Antígona, quien escribe Edipo Rey, vale decir el gran poeta Sófocles, Eurípides, Esquilo, que se asume a sí mismo como trágico, está enamorado, está orgulloso de la cultura griega. Esa pasión tenía un motivo; años atrás los griegos habían derrotado a los persas en Salamina; la sociedad griega fue sacudida por una emocionalidad histórica, así la historia de Edipo Rey puede ser contada por un pueblo que cree en sí, que se asume. Así, el país que habitamos, su naturaleza escénica, sus imágenes, lo que ha creado como imagen es una picardía, un acto de sátira de sí mismo, así nos llamamos un país de humor, a veces de buen humor y otras de mal humor.

Hay otro elemento que viene a expresar este vacío de nosotros mismos como cultura: el sentimiento criollo es la cultura española. La cultura española tiene una manera de conducirse muy particular, es una cultura que sólo concibe al hombre que triunfa, y aquí nos aproximamos al trabajo. Lo concibe como un genio y no como un hombre de segunda, como solía decir Benito Pérez Galdós, no cree en el ciudadano común, no hay manera que un hombre español se exprese en su visión de sí mismo como el hombre común; utiliza lo folclórico, lo costumbrista, pero a la hora de entrar a describirse como una nación, elige siempre su cúspide. La pintura española es la mejor del mundo, después de Velázquez, Goya, Picasso, no hay nadie más. No hay segundos pintores en España.

William Somerset Maugham, el gran novelista inglés, decía: yo soy el escritor secundario más importante del mundo. No suena latino, no suena español. ¿Somos vivos entonces cuando afrontamos nuestra relación con la sociedad? No, no lo demuestra nuestra historia. Somos hábiles, somos diestros, irreverentes en alguna parte, en muchas somos borregos, pero tenemos una manera que lo hace irreconocible, una manera de relacionarnos con el objeto, de sacarle provecho al objeto, sin entender el objeto.

Nuestro gran dilema histórico y existencial es que lo que constituye nuestra vida no tiene relación con nuestra cultura, nadie sabe cómo funciona un televisor, pero nos mostramos displicentes frente a un aparato. Somos hábiles a la hora de asumir la funcionalidad, en donde encontramos un grave problema y un gran obstáculo es a la hora de explicar la función.

Lo que suele llamarse el barroco latinoamericano, nada más mentiroso, ni más falso que esta expresión; no hay barroco. Hay una manera de entender el mundo por capas, de asociar inmediatamente a nuestras vidas todo lo que proviene de otras culturas, de allí la pérdida de tiempo que tienen algunas personas al decir que Venezuela debe encontrar su identidad cultural, ¿cuál identidad?, ¿dónde está?, ¿cómo puede encontrar identidad cultural un país que a lo largo de su historia no la ha tenido? El Siglo de Oro español formó buena parte de nuestra manera de entendernos culturalmente, es una herencia que mamamos, tal como mamamos la industria petrolera, tal como mamamos los acontecimientos tecnológicos, humanísticos y los asimilamos, los reconvertimos y nos asociamos a ellos aunque no los descifremos.

El teatro del Siglo de Oro español está apoyado en tres personajes y toda obra escrita en España en esa época, llámese Lope, Calderón, Tirso, responde a esos tres personajes que son, la dama, el caballero y el gracioso. Toda obra española consta de una historia de amor en la cual la dama y el caballero, de alcurnia generalmente, representan lo sublime y parodiando a éstos, está el gracioso, casi siempre el criado, el del pueblo. Así, si el caballero recita una bella declaración de amor a su dama, inmediatamente aparece la escena del gracioso que intenta hacer lo mismo con la cocinera y fracasa, porque balbucea, porque no dice las palabras adecuadas, porque el lenguaje del caballero no se corresponde con su lenguaje.

Históricamente, y es perfectamente demostrable que cuando Latinoamérica, desde la Argentina hasta México, quiso verse a sí misma en esas categorías, generó un primitivo teatro que se puede obsevar en la colonia, aburrido, patético, malo, pero real, porque el único venezolano que entró fue el gracioso. A nadie se le ocurrió que el papel del caballero o de la dama fuera de Venezuela, de Perú, o de México. Nuestra manera de identificarnos, de presentarnos frente al mundo y ante nosotros mismos fue siempre esa, y somos los astutos, los graciosos, los que no pudiendo acceder a lo sublime, nos vimos en la necesidad de asumirnos como parodia de lo sublime.

De allí que yo pienso que el trabajo en Venezuela más que apoyarse como presunto defecto, es una función de viveza o de habilidad, se apoya básicamente en una parodia del trabajo. Cuando se trabaja, parodian el trabajo, porque nuestra cultura no tiene expresión del trabajo, ni ha logrado representar el trabajo como parte indispensable de sí misma.

¿Por qué? ¿Qué es este bochornoso, caótico, incoherente pero amado país? Es la consecuencia de tres exilios, de tres personajes provisionales, el habitante autóctono, el indígena, que fue expulsado de su territorio, de sus creencias, de su vida, para quien la noción de trabajo no existía. ¿Para qué?, si la tierra da y yo lo tomo. ¿Por qué sembrar?, ¿ por qué hacer un huerto? Si toda esta tierra era un huerto.

Otro personaje es el negro, arrancado de las Costas de Marfil, de su tierra, de su amor de todo lo que pudiera generarle un sentimiento. Lo metieron en un barco y lo trajeron a esta tierra y le dijeron: trabaja, ¿para qué?, ¿por qué? El español llegó a un exilio, llegar a América significaba un castigo, una desgracia, un fatalidad, era vivir en un país de segundones. Aquí no se vino el primogénito, se vino el segundón, el que no servía, el aventurero. ¿Venía a trabajar?, no, ¿para qué? Venía a hacerse rico, la vida verdadera estaba en España, este era un país de paso.

¿Qué cultura de trabajo se puede esperar de tres orígenes donde el trabajo no tiene pasión, ni tiene por qué tenerla? Lentamente esta sociedad, al criollizarse, fue haciéndose al trabajo. Pero esta es nuestra cultura del trabajo, allí subyace, porque al fin de cuentas se trabaja para una recompensa y decir otra cosa es una hipocresía. Indiscutiblemente existe el trabajo espiritual, el del científico, el del poeta, el del escritor donde el trabajo es un placer. Pero para el hombre que martilla todo un día, no existe placer. No puede haber placer por martillar. Constituye una manera de vivir, se expresa en términos de salario, requiere de un pago correspondiente para asumir esa tarea.

En Venezuela, además, se paga mal, la relación entre salario y trabajo es caótica, es artificial, donde las profesiones no se rigen por el grado de esfuerzo que el hombre puede colocar a la hora de prepararse para ellas. Así pues, no hay una imagen del logro del trabajo, porque en Venezuela no hay imagen de riqueza, porque en los ricos, que podrían ser un paradigma de la imagen del trabajo como lo fue Ford para los americanos, no existe. El venezolano no tiene imagen del bienestar.

Hemos creado una imagen donde el rico tiene imagen de pícaro, Miguel Otero Silva decía que el único rico honrado que él conocía era Antonio Armas, porque la historia de su fortuna se veía por televisión. Bateaba y le pagaban por eso. De resto la riqueza no es honrada y el disfrute de ella misma tampoco es honrado.

Deberíamos desterrar de nosotros mismos la idea de que la viveza nos ha acompañado como acto cercano al trabajo. Es falso, no hay viveza criolla, hay viveza alemana, hay viveza japonesa. Aquí lo que hay es un lento, dramático y desesperado esfuerzo de una sociedad por asumirse a sí misma, en un territorio y dentro de unas costumbres y unos códigos que ni le corresponden, ni la expresan y, en ocasiones, ni siquiera la sueñan.


José Ignacio Cabrujas. Enero 1995.





domingo, 27 de febrero de 2011

27 de Febrero de 1989. Análisis de Carlos Andrés Pérez



El Nacional, domingo 28 de febrero de 1999

Los diez años transcurridos desde aquella dolorosa fecha, han puesto en circulación diversas versiones sobre la tragedia que vivió Caracas. Cada quien le ha querido dar la interpretación que se amolda a sus objetivos.
Hoy en esta euforia del «chavismo», ese 27 de febrero se ha convertido en la génesis de los sucesos que llevaron al teniente coronel Hugo Chávez a la Presidencia. El propio Presidente ha señalado la fecha como el momento culminante de su propia concepción política sobre Venezuela, frente aquella «masacre» cometida contra el pueblo.

Es la hora de enfocar aquel trágico suceso sin mentira, pasión, ni manipulación.
Dos circunstancias, en primer término, generaron la tragedia: 1) Durante la década de los ’80 se produjo una vertiginosa caída del salario real; y 2) era exasperante la escasez de productos básicos, con la inmensa sospecha de acaparamiento y especulación. Como circunstancia particularmente coadyuvante, el estado de rebelión-insobordinación en que se encontraba la Policía Metropolitana. Muchos fueron los testimonios de personas que vieron a policías vinculándose con los saqueos.

Esa rebelión se había originado en que, desde el primer gobierno de Caldera, los puestos de comando de la Policía Metropolitana habían sido ocupados por oficiales de la Guardia Nacional, en detrimento de los oficiales de policía. A pesar de que habíamos tomado la decisión de diseñar un cronograma para restablecer la organización policial a su estructura anterior, para el 27 de febrero predominaba la misma grave circunstancia de rebeldía e insubordinación.

Cuando en ese día, con motivo del incremento de las tarifas de los autobuses suburbanos, se produjeron los motines en Guatire y Guarenas, se confió plenamente en que la policía restablecería el orden como aparentemente sucedió. Al alto gobierno no llegaron informaciones que permitieran presagiar los saqueos.

El día transcurrió sin incidentes. Viajé a Barquisimeto para inaugurar la Asamblea del Congreso de la Asociación de Ejecutivos y a las 10 de la noche emprendí el regreso a Caracas. Entonces tengo un grave indicio de lo que estaba sucediendo. Cuando llegamos a Caracas la caravana no siguió el rumbo normal. Pregunté el motivo al jefe de la Casa Militar y me indicó que había disturbios en Catia. En El Silencio vi vitrinas rotas.

Llegué a Miraflores y el ministro de la Defensa me dijo no saber que estuviera sucediendo nada anormal. Le riposté duramente lo que personalmente había observado y ofreció llamarme luego de que tuviera informaciones suficientes. Una hora después me llamó para decirme: «Presidente, tiene razón, la situación es grave». Convinimos en que se hacía necesario que el Ejército interviniera para evitar los desórdenes en Caracas, por cuanto la Guardia Nacional no tenía efectivos suficientes. Era necesario traer contingentes del interior, que llegaron en la madrugada, cuando la ciudad ya estaba invadida por los saqueadores. La función preventiva no pudo realizarse y vinieron los lamentables e inevitables enfrentamientos.

Las gentes que salieron a la calle no lo hicieron contra oficinas públicas, ni contra el gobierno, sino para asaltar abastos y mercados. El ejército entró a actuar sobre unas masas desbordadas. Las Fuerzas Armadas no son aptas para enfrentar motines, su formación obedece a objetivos distintos a los de los cuerpos policiales. Pero en aquellos momentos el ministro de la Defensa no tuvo otro recurso sino usar las Fuerzas Armadas en una misión que no les es propia, pero que resultó inevitable.

No se disponía de un cuerpo antimotines. Para cualquier gobierno democrático el objetivo debe ser que nadie pierda la vida y que la acción preventiva pueda conjurar sucesos como los que hoy comentamos.

Esas horas terribles que vivió entonces Caracas, fueron estimuladas, también, involuntariamente, por las cámaras de televisión. Fue una explosión espontánea, no contra un gobierno que apenas se iniciaba. También es falso que fue una protesta contra lo que se llamó el «paquete». Caracas fue el solo centro de esta dramática jornada a pesar de que la televisión llevó imágenes a las otras poblaciones de Venezuela.

No pretendo ocultar la actuación que le correspondió cumplir a mi gobierno para preservar el orden. Mi discurso pronunciado en la tarde el día 28 fue una expresión muy clara de mis sentimientos y mi dolor. No tengo tampoco ningún reproche contra el comportamiento de las Fuerzas Armadas que en tan dolorosas circunstancias hubieron de cumplir con una misión para la cual no estaban preparadas.


miércoles, 9 de febrero de 2011

Juan Pablo II. Visita y mensaje a Venezuela. 1996

Karol Józef Wojtyła, conocido como Juan Pablo II desde su elección al papado en octubre de 1978, (Cracovia, 1920 - Ciudad del Vaticano, 2005), realizó un total de 104 viajes apostólicos fuera de Italia, y 146 por el interior de este país. Entre estos viajes, temidos por regímenes poco democráticos del mundo, esperados por pueblos con fe y esperanza gracias a su mensaje, se encuentran las dos visitas oficiales realizadas en Venezuela en los años 1985 y 1996. En su última visita, proveniente de Guatemala, Juan Pablo II encabezó diversas actividades, entre las que destacan el carismático discurso a los presos del demolido "Retén de Catia", la misa de inauguración del Nuevo Santuario de La Virgen de Coromoto en Guanare, la misa por la evangelización de los pueblos celebrada en el Aeropuerto de La Carlota y el encuentro con representantes de la vida social, cultural, política y económica de Venezuela, celebrada en el Teatro Teresa Carreño. Es precisamente en este encuentro donde Juan Pablo II deja importantes mensajes de esperanza a los distintos sectores del país, invitando a la Venezuela de fines del siglo XX a afrontar sin miedo los retos de la historia. A continuación, la transcripción del discurso, el cual tiene gran vigencia para la Venezuela que camina hoy por coyunturas a través del siglo XXI.


DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS RESPONSABLES DE LA VIDA SOCIAL, CULTURAL,
POLÍTICA Y ECONÓMICA
Teatro Teresa Carreño de Caracas
Sábado 10 de febrero de 1996


Ilustres Señoras y Señores:

1. Me es muy grato reunirme con vosotros, representantes y responsables de la vida social, cultural, política y económica del país. Habéis venido desde todos los puntos de la geografía patria para encontraros con el Papa. Agradezco vuestra presencia en este acto y os doy mi más cordial saludo.
Por medio de vosotros quiero hacer llegar mi palabra a todos los componentes de los diversos ámbitos e instituciones en los que lleváis a cabo vuestras actividades. De vosotros depende, en gran parte, la tarea de la construcción de una Venezuela cada vez mejor que, recogiendo lo más precioso del pasado, camine hacia el progreso y el bienestar integral de todos y cada uno de los miembros de la comunidad nacional. Saludo al Señor Presidente de la República y a las Autoridades que lo acompañan. Estoy agradecido a Monseñor Ramón Ovidio Pérez Morales, Arzobispo de Maracaibo y Presidente de la Conferencia Episcopal, por las palabras que me ha dirigido dándome la bienvenida a este acto. Agradezco también el testimonio de vida familiar de los señores Francisco y América González.

2. Vuestra Nación ha sido bendecida por Dios con abundantes recursos naturales. Cuenta con una población en su mayoría joven y dinámica; dispone de gente capacitada en muy diversos sectores; su pueblo tiene una religiosidad muy arraigada. Venezuela ha vivido en las últimas décadas un progreso económico real y significativo, unido al desarrollo de un régimen democrático y de libertades enmarcadas en un Estado de derecho. Sin embargo, actualmente se enfrenta a serias dificultades en los diversos ámbitos de la vida nacional, pues una grave crisis económica, que venía preparándose inexorablemente, está afectando duramente a la clase media y baja, aumentando de forma dramática la pobreza hasta hacerla desembocar en muchos casos en auténtica miseria.
No se debe olvidar que el proceso de empobrecimiento material conduce muchas veces a un empobrecimiento moral y espiritual de las personas y de los grupos sociales, especialmente de los jóvenes y adolescentes. Ello origina una grave crisis por la ausencia de valores en el campo de la ética, de la justicia, de la convivencia social y del respeto a la vida y dignidad de la persona. Esto, ciertamente preocupante, lleva a la desorientación, provoca desaliento y desesperanza, así como una cierta desconfianza en las instituciones.
La salida de esa situación es anhelada cada vez más por quienes piden el respeto y promoción de su inviolable dignidad de personas en todos los ámbitos de la sociedad.

3. En esta circunstancia quiero alentar a todos los venezolanos —y particularmente a vosotros que constituís este grupo tan significativo de la vida nacional— e infundir esperanza en la edificación de una sociedad nueva, basada en la cultura de la vida y de la solidaridad, en lo cual consiste, como he dicho en muchas ocasiones, la civilización del amor. A este respecto, el Concilio Vaticano II enseña que «la Iglesia, al buscar su propio fin salvífico, no sólo comunica al hombre la vida divina, sino que también derrama su luz reflejada en cierto modo sobre todo el mundo, especialmente en cuanto que sana y eleva la dignidad de la persona humana, fortalece la consistencia de la sociedad humana, e impregna de un sentido y una significación más profunda la actividad cotidiana de los hombres. La Iglesia cree que de esta manera, por medio de cada uno de sus miembros y de toda su comunidad, puede contribuir mucho a humanizar más la familia de los hombres y su historia».

4. Vosotros tenéis responsabilidad en tantos sectores de la vida nacional. En el momento presente se han debilitado aspectos fundamentales y la jerarquía de valores, como son el aprecio de la verdad, la práctica de la solidaridad, la responsabilidad en la búsqueda y el cultivo del bien común, y la solidez de la institución familiar. Ante ello, es necesaria una justa comprensión de estos fenómenos, porque la toma de conciencia de las propias limitaciones es el paso indispensable para una recuperación. Las experiencias que se presentan como negativas han de servir para no repetir los errores y asumir un compromiso corresponsable por el país, fortaleciendo la esperanza fundada en Dios y en las potencialidades de la inteligencia y libertad humanas.
En efecto, se trata de superar las dificultades y caminar hacia un orden social que « debe desarrollarse de día en día, fundarse en la verdad, edificarse en la justicia, vivificarse por el amor; debe encontrar en la libertad un equilibrio cada vez más humano. Pero para cumplir todo esto hay que llevar a cabo una renovación de la mentalidad y realizar amplios cambios de la sociedad»

5. La Iglesia —fiel a su misión y abierta a todos los creyentes, así como a los hombres de buena voluntad— tiene una palabra que decir ante estas situaciones. En el momento actual, a las puertas del Tercer Milenio de la era cristiana, ha asumido la apasionante tarea de la Nueva Evangelización, que tiene como meta renovar la vida según el mensaje de Jesucristo y hacer de los valores evangélicos savia y fermento de una nueva sociedad, favoreciendo en los fieles cristianos la coherencia entre la fe y la vida, así como la superación en todas partes de las injusticias y fallas sociales, el fomento de la dignidad humana y de una recta conducta familiar, laboral, política y económica.
El anuncio y acogida del Evangelio que la Iglesia lleva a cabo ayuda a los cristianos a ser hombres nuevos, los cuales pueden colaborar en la construcción de una sociedad nueva, fundamentada en la justicia, el diálogo y el servicio, capaz de afrontar los retos del futuro. En esa tarea es preciso empezar por promover sin cesar una dignificación del hombre, que respete la verdad de sí mismo, imagen de Dios y camino de la Iglesia. Así se contribuye a elevar la sociedad, ya que «del carácter social del hombre se sigue que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la sociedad misma están íntimamente condicionados». De este modo se planifica la auténtica promoción humana, la cual tiende a la liberación integral de la persona.
El necesario cambio, que ha de ser «de mentalidad, de comportamiento y de estructuras», favorecerá una cultura de la solidaridad, que prevalezca sobre la voluntad de dominio o de una vida egoísta, así como una economía de participación en vez de un sistema de acumulación de bienes, que provoca un gran abismo no sólo entre los diferentes Estados, sino también entre los ciudadanos de un mismo país.

6. De los temas que requieren particular atención para la construcción de una sociedad realmente nueva y dinámica hay que señalar ciertamente el de la familia y el de la vida. En efecto, el futuro de la sociedad pasa por la familia, y «la salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por ello, los cristianos, juntamente con todos los que tienen en gran estima esta comunidad, se alegran sinceramente por la variedad de recursos que permiten a los hombres avanzar hoy en el fomento de esta comunidad de amor». Es urgente también la atención a los niños que, por haber nacido fuera de la institución familiar o vivir en situación de abandono, crecen sin la tutela y ayuda de un padre o una madre, y difícilmente se integran en la sociedad, al estar marcados por graves carencias afectivas y materiales. Ellos están sujetos a tantos peligros, secuelas de la falta de educación e instrucción, como son, por ejemplo, la delincuencia precoz, la violencia, la droga o la prostitución infantil.
Es necesario, asimismo, crear una cultura de la vida. Con razón los Obispos venezolanos declararon el pasado año 1995 «Año por la vida», invitando a que todas las «reflexiones, compromisos y acciones vayan orientadas tanto a la toma de conciencia, como a mostrar una actitud de defensa y proclamación del don preciado de la vida en todas sus manifestaciones». Han obrado así al mirar atentamente, con espíritu pastoral, la realidad del País y calificarla como «grave situación», en contraste con la verdad cristiana sobre la «grandeza de la vida humana».

7. Tampoco se puede olvidar el papel predominante que tiene la economía, fomentando una gestión más justa y coordinada de los recursos; de ese modo, se honrará al hombre, « autor, centro y fin de toda la vida económica y social».
La cultura ha de ser también objeto de especial atención en la construcción de la sociedad. Con el término «cultura» se indica «todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus múltiples cualidades espirituales y corporales». Todo ello debe mirar a la formación integral de la persona humana y al bien mismo de la sociedad.

8. Ilustres señoras y señores, dirigentes y constructores de la sociedad venezolana, os aliento a trabajar decididamente en el campo de la justicia, de la verdad y de la paz, mirando hacia el futuro con optimismo, siendo solidarios con la suerte de vuestro pueblo y con sus valores, centrados, por encima de todo, en el mandamiento fundamental del amor.
Desde el recuerdo emocionado de tantos ilustres hijos de Venezuela lanzo mi llamado a los políticos, para que, superando las diferencias partidistas y los intereses particulares, aúnen sus voluntades en la búsqueda responsable y desinteresada del bien común, mirando de modo especial hacia las clases más necesitadas. En esta hora difícil, pero decisiva en la vida de la Nación, exhorto a los políticos y a cuantos ocupan puestos directivos, a trabajar incansablemente por el verdadero bien del país, secundando eficazmente las iniciativas que lo favorezcan y dando claro testimonio de honradez en la vida privada y profesional.
El estamento militar, heredero de Bolívar y Sucre, está llamado a vivir su vocación castrense trabajando por crear condiciones de seguridad, estabilidad y fraternidad en un mundo donde la guerra quede desterrada y la paz sea un bien real. Por eso deseo animar a todos sus componentes a garantizar siempre la paz en libertad, soberanía y dignidad.
Invito a los intelectuales, artistas y educadores a que, siguiendo las huellas de Andrés Bello, Cecilio Acosta y Caracciolo Parra, y alimentándose en las fuentes del bien y de la belleza auténtica, lleven a cabo su acción en la sociedad, orientándola hacia la verdad suma que es Dios.
A los hombres de la ciencia y de la técnica la Iglesia los anima a proseguir, como el Doctor José Gregorio Hernández, fomentando el progreso integral que permita al ser humano conocerse mejor a sí mismo y comprometerse en los diversos campos de la vida social.
Recuerdo a los trabajadores y empresarios la responsabilidad que tienen de asegurar una producción que satisfaga adecuadamente las necesidades básicas, manteniendo unas relaciones laborales que conjuguen los propios intereses con el espíritu solidario y las exigencias ecológicas de las actuales y futuras generaciones, permitiendo así mantener un nivel aceptable de calidad de vida.
Asimismo, me dirijo a los profesionales de la comunicación social, que tienen preclaros exponentes en las figuras de Monseñor Jesús María Pellín, Juan González y Núñez Ponte. La labor de escritores y editores, tan estimada por la Iglesia, debe afrontar igualmente el reto de defender y promover todo lo espiritual que dignifica a las personas, comunidades y pueblos, elevando el nivel ético de la población, desarrollando el sentido de la libertad en la verdad y evitando todo lo que envilece y degrada.
Finalmente, quiero poner de relieve el papel de la mujer venezolana, protagonista en el ámbito social por ser transmisora de la vida y educadora de la paz. Ella ha de seguir participando con ilusión en la edificación de la sociedad y en el proyecto renovador del país, aportando aquel «genio» femenino que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por todo lo que es esencialmente humano.

9. Venezolanos, aunque sean serias las dificultades e inmensos los desafíos, grande ha de ser vuestro empeño. Ante un presente con incertidumbres y un futuro con interrogantes, haced valer las propias capacidades con imaginación y sobre todo con generosidad, confiando en Dios: Dios ama al hombre.
Venezuela ocupa un lugar de relieve en un gran continente lleno de esperanza. Afrontando sin miedo los retos de vuestra historia, alzando los ojos a lo Alto y con un corazón solidario, caminad con paso firme hacia el Tercer Milenio, aportando generosamente vuestros talentos a la construcción de un nuevo orden más justo por ser más humano.


¡Que Jesucristo, «Salvador y Evangelizador»,os guíe y bendiga en este camino!


Juan Pablo II





sábado, 29 de enero de 2011

Cólera. Medidas de prevención



El cólera es un infección intestinal aguda causada por la ingestión de Vibrio cholerae, una bacteria presente en aguas y alimentos contaminados por heces. La forma más habitual de contagio es por beber agua o comer alimentos contaminados; no se suele transmitir de persona a persona. El cólera está relacionado principalmente con un acceso insuficiente al agua salubre y a un saneamiento adecuado.

La bacteria sobrevive en la superficie de todos los alimentos durante cinco días a temperatura ambiente y hasta diez días si la temperatura se mantiene entre 5 y 10 grados. Sobrevive a la congelación, aunque es más difícil la proliferación, lo que puede impedir que se alcance la cantidad de microorganismos capaces de provocar la infección en el individuo. Es sensible a la desecación y a la acidez. Se ha descrito una relación entre el grupo sanguíneo y la sensibilidad al cólera. No se sabe por qué, pero las personas con grupo sanguíneo 0 tienen más riesgo que las del grupo A o B.

En su forma más grave el cólera se caracteriza por diarrea acuosa aguda de aparición súbita que puede ser mortal debido a la grave deshidratación que causa. El periodo de incubación extremadamente corto (2 horas a 5 días) aumenta las posibilidades de que se produzcan brotes explosivos y de que el número de casos aumente rápidamente. Aproximadamente 75% de los infectados son asintomáticos, pero los patógenos se eliminan en sus heces durante 7 a 14 días, durante los cuales pueden infectar a otras personas. El cólera es una enfermedad extremadamente virulenta que puede afectar tanto a los niños como a los adultos.

Medidas de prevención.
  • Utilizar solo agua potable y salubre para cocinar y beber. Purificación y cloración del agua para abastecimiento público.
  • Instruir a la comunidad para hervir el agua ( durante 10 minutos) o purificar con tratamiento químico apropiado ( 0,2mg. De hipoclorito o cloruro de calcio por litro de agua).
  • Consumir solo leche pasteurizada. Fomentar lactancia materna.
  • Consumir alimentos cocidos, no crudos.
  • Mantener comportamientos higiénicos básicos, como el lavado sistemático de las manos con agua y jabón después de defecar y antes de comer o de manipular alimentos, o la preparación y conservación adecuadas de los alimentos.
  • Evitar la proliferación de moscas e insectos en viviendas y sus alrededores. Proteger los alimentos del contacto con estos.
  • Implementar medidas efectivas para la recolección de basura evitando su acumulación.
  • Instalar y conservar en funcionamiento sanitario adecuado los medios de eliminación de las heces humanas (alcantarillado, letrinas, etc.).
  • Desinfectar de heces, vómitos, ropa de cama y artículos usados por los pacientes. Cubrir heces y vómitos con solución hipoclorito de sodio (lavandina) al 2% durante 15 minutos. Ropa de cama y la ropa en general colocar en una bolsa de plástico con una torunda de algodón empapada en formol, luego cerrar herméticamente por 8 horas.
  • Participar en la difusión de los mensajes educativos. Los líderes comunitarios también deben participar en las campañas de comunicación y movilización social.
  • Los países vecinos deben mejorar su preparación para responder rápidamente a los brotes y limitar sus consecuencias en caso de que el cólera se propague dentro de sus fronteras.
  • La Organización Mundial de la Salud ha demostrado que medidas como la imposición de restricciones a los viajes o al comercio entre países o entre diferentes regiones de un mismo país afectado por el cólera suelen ser inefectivas para evitar la expansión de la enfermedad.

Tratamiento.
  • Rehidratación rápida mediante la administración de sales de rehidratación oral (SRO) o líquidos intravenosos, dependiendo de la gravedad del caso. La administración de SRO (bolsas de la OMS/UNICEF) permite tratar adecuadamente hasta un 80% de los casos. Los pacientes con deshidratación muy grave se tratan con líquidos intravenosos, preferiblemente lactato de Ringer. Los sueros deberán contener sodio, cloro, potasio y bicarbonato dependiendo de lo que necesite en cada momento (se calcula en función de las pérdidas). Si no se cuenta en el momento con estas soluciones se debe hidratar en principio con lo que se tenga a la mano (agua con limón, bebidas isotónicas e incluso carbonatadas).
  • Para los casos graves se pueden administrar además antibióticos apropiados (siempre bajo prescripción y supervisión médica) para reducir la duración de la diarrea y el volumen de líquidos de rehidratación necesarios, así como para acortar el periodo de excreción de Vibrio cholerae.
  • En niños menores de 5 años la administración de suplementos de cinc tiene una eficacia demostrada para acortar la duración de la diarrea y el número de episodios diarreicos sucesivos.



Fuentes:

domingo, 23 de enero de 2011

La Dictadura en Venezuela. StopDictaduraVe

Hoy 23 de Enero, en 1958, cae la penúltima dictadura de Venezuela cuando las fuerzas democráticas, derrocan a Marcos Pérez Jiménez. Al cumplirse 53 años de este evento, la organización "Un Mundo sin Mordaza" en conjunto con otras agrupaciones convocan a los venezolanos a asistir a la actividad denominada "Sácate una foto contra la dictadura", protesta de carácter mundial representada en twitter con el hashtag #stopdictadurave en contra del sistema de gobierno que hoy rige los destinos de Venezuela. El país vuelve a ser noticia en el ciberespacio, ocupando los primeros lugares de los trending topics a nivel mundial...



Galería de imágenes de la protesta alrededor del mundo (fotos publicadas en timelines de twitteros)


Caracas, Venezuela por @reinaldopulido
  
Sao Paolo, Brasil por @kevinathalie
  
Guayana, Venezuela por @carlosgraffe
   
Caracas, Venezuela por @blossomfab
  
Boston, Estados Unidos por @carlosblancog

Madrid, España por @rosalbag
 
Caracas, Venezuela por @milaguzmand

San Juán, Puerto Rico por @pedrodo

Caracas, Venezuela por @zulianita2010

Caracas, Venezuela (concentración chavista) por @braca41
 
Santiago, Chile por @rsuarez1

Caracas, Venezuela por @gash276





lunes, 3 de enero de 2011

Venezolanos líderes de todos los tiempos en Grandes Ligas

Desde el año 1939 hasta 2010, un total de 256 jugadores nacidos en Venezuela han participado en el beisbol de Grandes Ligas. La historia la comenzó Alejandro 'Patón' Carrasquel el 23 de Abril de 1939 al hacer su debut en la lomita con Los Senadores de Washington, ponchando a Joe DiMaggio, Lou Gehrig y Bill Dickey. Muchas son las páginas de historias y hazañas que han escrito los venezolanos que en cada década han participado en el beisbol de Las Mayores.

Este es un resumen que consolida las principales categorías ofensivas y de pitcheo y los jugadores que, hasta 2010, encabezan la lista. Con el devenir de los próximos años, si la tendencia continua, los records aumentarán y los líderes cambiarán, dejando muy en alto el nombre de Venezuela en el deporte mundial.


- Temporadas jugadas:
  • Omar Vizquel    22
  • David Concepción    19
  • Andrés Galarraga    19
  • Luis Aparicio    18
  • Jesús Marcano Trillo    17
-Participaciones en Juegos de Las Estrellas:
  • Luis Aparicio    13
  • David Concepción    9
  • Magglio Ordoñez    6
  • Andrés Galarraga    5
  • Miguel Cabrera    5
- Juegos jugados:
  • Omar Vizquel    2850
  • Luis Aparicio    2599
  • David Concepción    2488
  • Andrés Galarraga    2257
  • Bob Abreu    2105
- Turnos al bate:
  • Omar Vizquel    10266
  • Luis Aparicio    10230
  • David Concepción    8723
  • Andrés Galarraga    8096
  • Bob Abreu    7626
- Hits:
  • Omar Vizquel    2799
  • Luis Aparicio    2677
  • Andrés Galarraga    2333
  • David Concepción    2326
  • Bob Abreu    2257
- Dobles:
  • Bob Abreu    524
  • Omar Vizquel    444
  • Andrés Galarraga    444
  • Magglio Ordoñez    416
  • Luis Aparicio    394
- Triples:
  • Luis Aparicio    92
  • Omar Vizquel    75
  • Ozzie Guillén    69
  • Bob Abreu    57
  • César Tovar    55
- Homeruns:
  • Andrés Galarraga    399
  • Magglio Ordoñez    289
  • Bob Abreu    276
  • Antonio Armas    251
  • Miguel Cabrera    247
- Carreras Impulsadas:
  • Andrés Galarraga    1425
  • Bob Abreu    1265
  • Magglio Ordoñez    1204
  • David Concepción    950
  • Omar Vizquel    936
- Carreras Anotadas:
  • Omar Vizquel    1414
  • Bob Abreu    1358
  • Luis Aparicio    1335
  • Andrés Galarraga    1195
  • Magglio Ordoñez    1043
- Bases Robadas:
  • Luis Aparicio    506
  • Omar Vizquel    400
  • Bob Abreu    372
  • David Concepción    321
  • César Tovar    226
- Boletos recibidos:
  • Bob Abreu    1341
  • Omar Vizquel    1012
  • Luis Aparicio    736
  • David Concepción    736
  • Magglio Ordoñez    628
 - Ponches recibidos:
  • Andrés Galarraga    2003
  • Bob Abreu    1650
  • Antonio Armas    1201
  • David Concepción    1186
  • Omar Vizquel    1052
- Juegos lanzados:
  • Ugueth Urbina    583
  • Francisco Rodriguez    531
  • Rafael Betancourt    475
  • Jorge Julio    453
  • Juán Rincón    444
- Innings lanzados:
  • Freddy García    1929.2
  • Johan Santana    1908.2
  • Wilson Alvarez    1747.2
  • Carlos Zambrano    1681
  • Kelvim Escobar    1507
- Juegos iniciados:
  • Freddy García    302
  • Wilson Alvarez    263
  • Johan Santana    263
  • Carlos Zambrano    258
  • Kelvim Escobar    202
- Juegos ganados:
  • Freddy García    133
  • Johan Santana    133
  • Carlos Zambrano    116
  • Wilson Alvarez    102
  • Kelvim Escobar    101
-Juegos completos:
  • Alejandro Carrasquel    30
  • Luis Leal    27
  • Johan Santana    13
  • Félix Hernández    13
  • Freddy García    12
  • Wilson Alvarez    12
- Blanqueos:
  • Johan Santana    8
  • Wilson Alvarez    5
  • Alejandro Carrasquel    4
  • Félix Hernández    4
  • Freddy García    4
  • Kelvim Escobar    4
  • Carlos Zambrano    4
- Juegos salvados:
  • Francisco Rodriguez    268
  • Ugueth Urbina    237
  • Jorge Julio    99
  • Kelvim Escobar    59
  • Luis Mercedes Sánchez    27
- Ponches:
  • Johan Santana    1877
  • Carlos Zambrano    1441
  • Freddy García    1390
  • Wilson Alvarez    1330
  • Kelvim Escobar    1310
- Bases por bolas:
  • Wilson Alvarez    805
  • Carlos Zambrano    767
  • Freddy García    611
  • Kelvim Escobar    611
  • Johan Santana    528

Fuente: Baseball Reference

domingo, 26 de diciembre de 2010

Arturo Uslar Pietri. Sembrar el petróleo



Arturo Uslar Pietri (1906 - 2001), escrito y político venezolano, escribe el 14 de Julio de 1936 en el editorial del diario Ahora, una de sus tesis más importantes sobre el desarrollo nacional de Venezuela: "Sembrar el petróleo". Muchas interpretaciones a lo largo de la historia se han realizado sobre su palabras, algunas con mayor o menor acierto. Aca les dejo el contenido original:


Cuando se considera con algún detenimiento el panorama económico y financiero de Venezuela se hace angustiosa la noción de la gran parte de economía destructiva que hay en la producción de nuestra riqueza, es decir, de aquella que consume sin preocuparse de mantener ni de reconstituir las cantidades existentes de materia y energía. En otras palabras la economía destructiva es aquella que sacrifica el futuro al presente, la que llevando las cosas a los términos del fabulista se asemeja a la cigarra y no a la hormiga.

En efecto, en un presupuesto de efectivos ingresos rentísticos de 180 millones, las minas figuran con 58 millones, o sea casi la tercera parte del ingreso total, sin numerosas formas hacer estimación de otras numerosas formas indirectas e importantes de contribución que pueden imputarse igualmente a las minas. La riqueza pública venezolana reposa en la actualidad, en más de un tercio, sobre el aprovechamiento destructor de los yacimientos del subsuelo, cuya vida no es solamente limitada por razones naturales, sino cuya productividad depende por entero de factores y voluntades ajenos a la economía nacional. Esta gran proporción de riqueza de origen destructivo crecerá sin duda alguna el día en que los impuestos mineros se hagan más justos y remunerativos, hasta acercarse al sueño suicida de algunos ingenuos que ven como el ideal de la hacienda venezolana llegar a pagar la totalidad del Presupuesto con la sola renta de minas, lo que habría de traducir más simplemente así: llegar a hacer de Venezuela un país improductivo y ocioso, un inmenso parásito del petróleo, nadando en una abundancia momentánea y corruptora y abocado a una catástrofe inminente e inevitable.

Pero no sólo llega a esta grave proporción el carácter destructivo de nuestra economía, sino que va aún más lejos alcanzando magnitud trágica. La riqueza del suelo entre nosotros no sólo no aumenta, sino tiende a desaparecer. Nuestra producción agrícola decae en cantidad y calidad de modo alarmante. Nuestros escasos frutos de exportación se han visto arrebatar el sitio en los mercados internacionales por competidores más activos y hábiles. Nuestra ganadería degenera y empobrece con las epizootias, la garrapata y la falta de cruce adecuado. Se esterilizan las tierras sin abonos, se cultiva con los métodos más anticuados, se destruyen bosques enormes sin replantarlos para ser convertidos en leña y carbón vegetal. De un libro recién publicado tomamos este dato ejemplar: «En la región del Cuyuní trabajaban más o menos tres mil hombres que tumbaban por término medio nueve mil árboles por día, que totalizaban en el mes 270 mil, y en los siete meses, inclusive los Nortes, un millón ochocientos noventa mil árboles. Multiplicando esta última suma por el número de años que se trabajó el balatá, se obtendrá una cantidad exorbitante de árboles derribados y se formará una idea de lo lejos que está el purguo». Estas frases son el brutal epitafio del balatá, que, bajo otros procedimientos, hubiera podido ser una de las mayores riquezas venezolanas.

La lección de este cuadro amenazador es simple: urge crear sólidamente en Venezuela una economía reproductiva y progresiva. Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales.

La parte que en nuestros presupuestos actuales se dedica a este verdadero fomento y creación de riquezas es todavía pequeña y acaso no pase de la séptima parte del monto total de los gastos. Es necesario que estos egresos destinados a crear y garantizar el desarrollo inicial de una economía progresiva alcance por lo menos hasta concurrencia de la renta minera.

La única política económica sabia y salvadora que debemos practicar, es la de transformar la renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura científica y moderna, importar sementales y pastos, repoblar los bosques, construir todas las represas y canalizaciones necesarias para regularizar la irrigación y el defectuoso régimen de las aguas, mecanizar e industrializar el campo, crear cooperativas para ciertos cultivos y pequeños propietarios para otros.

Esa sería la verdadera acción de construcción nacional, el verdadero aprovechamiento de la riqueza patria y tal debe ser el empeño de todos los venezolanos conscientes.

Si hubiéramos de proponer una divisa para nuestra política económica lanzaríamos la siguiente, que nos parece resumir dramáticamente esa necesidad de invertir la riqueza producida por el sistema destructivo de la mina, en crear riqueza agrícola, reproductiva y progresiva: sembrar el petróleo.

Julio 14, 1936.


martes, 21 de diciembre de 2010

José Ignacio Cabrujas. El Estado del disimulo


Reflexiones de José Ignacio Cabrujas (1937 -1995), tomado de entrevista realizada por la revista Estado & Reforma en 1987. Cabrujas hace un análisis interesante de la historia del pensamiento del venezolano y su relación con el Estado. La vigencia de su análisis salta a la vista.

Cualquier parecido con la coincidencia... es pura realidad...



–El concepto de Estado en Venezuela es apenas un disimulo...

–El concepto de Estado es simplemente un “truco legal” que justifica formalmente apetencias, arbitrariedades y demás formas del “me da la gana”. Estado es lo que yo, como caudillo, como simple hombre de poder, determino que sea Estado. Ley es lo que yo determino que es Ley. Con las variantes del caso, creo que así se ha comportado el Estado venezolano, desde los tiempos de Francisco Fajardo hasta la actual presidencia del doctor Jaime Lusinchi. El país tuvo siempre una visión precaria de sus instituciones porque, en el fondo, Venezuela es un país provisional. La sensación que uno tiene cuando viaja al Perú o a México y observa las edificaciones coloniales, –palacios de gobierno, cuarteles, catedrales, inquisiciones, es decir, las formas arquitectónicas del Estado–, es de permanencia y solidez, como si la noción de futuro estuviese en cada ladrillo. Quien hizo la Catedral de México, además de edificar un concepto, pretendió exactamente levantar un templo perdurable y asombroso. Por el contrario, cuando uno entra en la Catedral de Caracas, termina por entender donde vive. La Catedral de Caracas es un parecido, un lugar grande, relativamente grande, todo lo grande que podría ser en Venezuela un lugar religioso, pero al mismo tiempo se trata de una edificación provisional que forma parte del “más o menos” nacional. Uno siente ese “más o menos” en la artesanía de los racimos de uvas, corderos pascuales, triángulos teologales o sandalias de pastores. Uno comprende que alguien levantó esa catedral “mientras tanto y por si acaso”.

La historia nos habla de un país rico habitado por depredadores incapaces de otra nostalgia que no fuese el recuerdo de España. Se dice que nuestros indígenas eran tribus errantes que marchaban de un lugar a otro en busca de alimentos. Pero tan errantes como los indígenas fueron los españoles. Vivir fue casi siempre viajar y cuando el Sur comenzó a presentirse como el lugar del “oro prometido”, llámese Dorado o Potosí, Venezuela se convirtió en un sitio de paso donde quedarse significaba ser menos. Menos que Lima. Menos que Bogotá. Menos que el Cuzco. Menos que La Paz. Se instaló así un concepto de ciudad campamento magistralmente descrito por Francisco Herrera Luque en una de sus novelas.

–¿Seguimos viviendo en un campamento?

–Han pasado siglos y todavía me parece vivir en un campamento. Quién sabe si al campamento le sucedió lo que suele ocurrirle a los campamentos: se transformó en un hotel. Esa es la mejor noción de progreso que hemos tenido: convertirnos en un gigantesco hotel donde apenas somos huéspedes. El Estado venezolano actúa generalmente como una gerencia hotelera en permanente fracaso a la hora de garantizar el confort de los huéspedes. Vivir, es decir, asumir la vida, pretender que mis acciones se traducen en algo, moverme en un tiempo histórico hacia un objetivo, es algo que choca con el reglamento del hotel, puesto que cuando me alojo en un hotel no pretendo transformar sus instalaciones, ni mejorarlas, ni adaptarlas a mis deseos. Simplemente las uso. No vivo en un lugar, me limito a utilizar un lugar. El gigantesco hotel necesitaba la fórmula de un Estado capaz de administrarlo. Alguna vez, ¿quién sabe cuándo?, fue necesario comenzar a crear instituciones, leyes, reglamentos, ordenanzas para garantizar un mínimo de orden, de convivencia. Habría sido más justo inventar esos artículos que leemos siempre al ingresar en un cuarto de hotel, casi siempre ubicados en la puerta. “Cómo debe vivir usted aquí”, “a qué hora debe marcharse”, “favor, no comer en las habitaciones”, “queda terminantemente prohibido el ingreso de perros en su cuarto”, etc., etc.; es decir, un reglamento pragmático y sin ningún melindre principista. “Este es su hotel, disfrútelo y trate de echar la menos vaina posible”, podría ser la forma más sincera de redactar el primer párrafo de la Constitución Nacional, puesto que por “Constitución Nacional” deberíamos entender un documento sincero, capaz de reflejar con cierta exactitud lo que somos, y lo que aspiramos.

–Pero...

–En lugar de esa sinceridad que tanto bien pudo hacernos, elegimos ciertos principios elegantes, apolíneos más que elegantes, mediante los cuales íbamos a pertenecer al mundo civilizado. El campamento aspiró a convertirse en un Estado y para colmo de males, en un Estado culto, principista, institucional, en todo caso, legendario por todo lo que tiene de hermoso y de irreal. Las constituciones nacionales, desde los hermanitos Monagas para acá, son verdaderos tratados de contemporaneidad y hondura conceptual. El déspota, y vaya si los hubo, jamás usó la palabra “tiranía”, ni los eufemismos correspondientes, como podría ser la palabra “autoritario” o “gobierno de fuerza” o “régimen de excepción”. Por el contrario, redactar una Constitución fue siempre en Venezuela un ejercicio retórico, destinado a disimular las criadillas del gobernante. En lugar de escribir “me da la gana”, que era lo real, el legislador por orden del déspota, escribió siempre “en nombre del bien común” y demás afrancesamientos por el estilo.

El resultado es que durante siglos nos hemos acostumbrado a percibir que las leyes no tienen nada que ver con la vida. Nunca levantamos muchas salas de teatro en este país. ¿Para qué? La estructura principista del poder fue siempre nuestro mejor escenario.

Ilustra con una anécdota:

–Nicanor Bolet Peraza escribió una crónica costumbrista sobre el Teatro del Maderero. Se representaba allí, en los días de Semana Santa, nada menos que La Pasión de Cristo, con crucifixión y azotes y crueldades habituales a la serenísima figura del Hijo del Hombre. Cuenta Bolet Peraza que en la escena del Gólgota salían los dos centuriones romanos y representaban aquella escena donde Cristo pide agua de manera conmovedora. Los dos centuriones empapaban esponjas con hiel y vinagre, acercándolas a la boca del crucificado. Entonces comenzaban a oírse grandes carcajadas en la sala, puesto que todo el mundo suponía, vaya usted a saber por qué, que las esponjas estaban repletas de mierda. Mayor era el sufrimiento de Cristo y más vigorosas eran las risotadas de los espectadores. Hasta que un niñito gritó: “!Es que ese no es Cristo!; ese es el hijo de Estelita con el chichero de la esquina!” Nada, en mi vida de hombre de teatro, me ha parecido tan esclarecedor como esta escena. En efecto, asumir la majestad es una de nuestras imposibilidades. Jamás hemos aceptado el drama extremo del poder. Cuando la institución se toma en serio a sí misma, no tarda en aparecer el rasero de la “joda”. Está bien, gobierna... pero tampoco te lo tomes tan en serio. Está bien, ponte el uniforme y mete la barriga... pero, déjate de vainas, porque tú, uniformado, protocolar, dándotelas de gran cosota, sigues siendo el hijo de Estelita con el chichero de la esquina.

Insiste en el ejemplo:

–La entrada del Presidente de la República al Congreso, en la ceremonia de entrega de cuentas, se parece a la contradicción que vivimos. Allí está la verdadera identidad nacional, en ese presidente picarón, desesperado porque no vaya algún jodedor a pensar que él se lo está tomando en serio. Persiste en mí una imagen, la del presidente Luis Herrera Campíns en el trance de dar una de sus habituales ruedas de prensa, transmitidas en cadena nacional de radio y televisión. La ceremonia era idéntica quincena tras quincena. Los televidentes observábamos una puerta laqueada, de un versallismo arrepentido, repleta de ornatos dorados, como corresponde a una puerta de poder. Se abría la puerta y la cámara retrocedía hasta mostrar a dos soldados venezolanos, fornidos y retacos, vestidos con la interpretación estilo Centeno Vallenilla del uniforme de Carabobo, inexplicablemente zarista como si se tratara de una escena de La Guerra y la Paz. De inmediato salía Herrera, precedido de una fanfarria republicana casi siempre destemplada. Y comenzaba la comedia porque Herrera en ese corto paseo hacia la sala de conferencias, hacia un gigantesco esfuerzo por aparentar cordialidad y llaneza de carácter. Allí lo veíamos guiñar el ojo, dar palmaditas, sonreír a la cámara, saludar con la mano a la altura de la cintura para no parecerse al emperador Trajano. Era como si Herrera nos dijese: “!Un momento! !Yo sigo siendo Luis Herrera! (el hijo de Estelita y el chichero), yo estoy cumpliendo un protocolo más o menos y tal, pero sigo siendo el amigo cordial, el simpaticón Herrera, el gordo Herrera, el ñato Herrera, el negro Herrera, el cómplice de todos ustedes cruzando un pedacito de Miraflores sin que los humos se me hayan ido a la cabeza”. Porque más allá de las ceremonias, el Presidente sabe muy bien a quien representa.

Terminada la comparación, regresa a lo concreto:

–Algún político del siglo XIX en Venezuela, lamento no recordar ahora su nombre, dijo que el venezolano podía perder la libertad pero jamás la igualdad. Nosotros entendemos por igualdad ese formidable rasero donde a todos nos hace el traje el mismo sastre, donde lo importante es que no me vengas con cuentos, no te la des “de”, porque si te la das “de”, yo te desmantelo, yo acabo contigo, yo digo la verdad, yo revelo quién eres tú en el fondo, qué clase de pillín o de sinverguenzón eres tú, para que no te me vayas demasiado alto, para que no te me vuelvas predominante y espectacular.

Otro ejemplo:

–Años atrás, cuando trabajaba en la Dirección de Cultura de la UCV, fui invitado por el inolvidable Jesús María Blanco a una recepción académica mediante la cual se iba a rendir homenaje a un ilustre venezolano que había hecho un singular aporte a la cirugía cardiovascular. Las revistas inglesas y norteamericanas, me refiero desde luego a revistas especializadas, habían comentado en términos sumamente elogiosos y admirativos al trabajo de nuestro compatriota, de allí que la Universidad se sentía en el deber de reconocer, con la solemnidad del caso, los logros de un miembro de la comunidad. Estábamos allí muchos invitados, y los académicos entraron con toga y birrete, aproximándose de inmediato al homenajeado. El rector pronunció un parco discurso donde destacó la trayectoria de ese gran cirujano. Me pareció, y por lo demás, era natural, que el distinguido científico se sentía muy bien porque mostraba un evidente orgullo y hasta una honda emoción. Concluyó el acto. Salieron las cuadrillas de mesoneros con las correspondientes botellas de champagne y el protocolo se “animó” después de un vigoroso aplauso en el instante en que el rector condecoró al “hombre”. No hubo en ese aplauso ninguna hipocresía. Por el contrario, era una reacción emotiva y, desde luego, sincera. Pero después de los aplausos, comenzó el cocktail, desaparecieron las togas y los birretes y todo el mundo se “republicanizó”. Entonces empezó la verdadera ceremonia nacional, el auténtico ritual de “no te me vayas tan lejos”. Los amigos rodearon al encumbrado y así como en las corridas de toros salen los picadores, para que el toro se acostumbre a la lidia, es decir, para que el toro sea menos toro, así al doctor González (invento el apellido porque no recuerdo cómo se llamaba el cirujano) lo comenzaron a llamar Gonzalito. Menudearon las palabrotas y las palmadotas: “!Gonzalito, carajo! ¿Quién lo iba a decir, Gonzalito? ¿Cómo fue ese pegón, Gonzalito, si a ti te “rasparon” en Anatomía II? !Si tú eras más malo que el carajo! ¿Esa operación no te la haría la enfermera?” Etc., etc. Esta sociedad familiar que no acepta deserciones a la cervecita cotidiana, que convierte a González en Gonzalito, justamente el día que González es más González que nunca, esta sociedad de complicidades, de lados flacos, ha hecho de la noción de Estado un esquema de disimulos. Vamos a fingir que somos un país con una Constitución. Vamos a fingir que el Presidente de la República es un ciudadano esclarecido. Vamos a fingir que la Corte Suprema de Justicia es un santuario de la legalidad. Pero en el fondo, no nos engañemos. En el fondo, todos sabemos como se “bate el cobre”, cuál es la verdad, de qué pie cojea el Contralor, o el Ministro de Energía, o el Secretario del Ministro de Educación. La “verdad” no está escrita en ninguna parte. La verdad es mi compadre, la verdad es el resorte mediante el cual puedo burlar la apariencia legal, eso que en la jerga administrativa se denomina la “veredita”. Lo expresa muy bien el venezolano cuando decimos: “No, chico, no hables con el Secretario. Habla directamente con el Presidente, porque el Secretario es un pendejo. Vete a la cabeza”.

–Nadie confía en nadie...

–Hemos aprendido a vivir mintiéndole al Estado, y ese aprendizaje tiene razón de ser si este país viviese de acuerdo a las normas, leyes, disposiciones, reglamentos, permisos, procedimientos, etc., todo se habría paralizado. En tiempos del doctor Caldera, yo trabajaba en el fallecido INCIBA y había allí una disposición mediante la cual no se podían efectuar órdenes de pago por encima de cinco mil bolívares. Un cheque por más de cinco mil bolívares tenía que ser sometido a revisiones, autorizaciones y otras tortuosidades que escapaban a la dinámica de ese gasto, casi siempre urgente. ¿Qué solución se encontró para burlar este principio, probablemente justo, probablemente necesario? Emitir varios cheques de cinco mil bolívares a la misma persona o a la misma entidad. Si era necesario gastar diez mil bolívares en una urgencia, se ordenaban dos cheques de cinco mil y todo el mundo en paz. No se trataba de un robo. Se podría definir como una realidad paralela al ser apolíneo que es el Estado venezolano. Si te detiene un fiscal de tránsito, tú sabes muy bien que por encima de su reclamo protocolar (usted se comió la luz, ciudadano), hay una proposición paralela, no necesariamente deshonesta. Puede ser que el fiscal te diga simplemente: “mira, vete y vamos a dejar esa vaina así”, probablemente porque tú le has dicho al fiscal: “hermano, es que tengo a mi mamá enferma, es que me están esperando en el Hipódromo porque me van a dar un dato, es que venía distraído porque tengo un problemón en mi casa”. ¿Por qué? Porque la boleta que el fiscal te debe entregar de acuerdo a las disposiciones del tránsito es en el fondo una agresión personal. No es que tú faltaste. Es que tú le caíste mal al fiscal. Es que el fiscal es un antipático, un desgraciado, que ese día se levantó de mal humor porque anoche quién sabe lo que comió ese muérgano que la pagó conmigo. De ahí que la corrupción sea un establo habitual, yo diría que normal, en ese inmenso tejido de situaciones cotidianas donde necesitamos dialogar con el Estado convertido en fiscal de tránsito, o en escribiente de tribunal, o en secretario de notaría, o en enfermera de los Seguros Sociales.

Los procedimientos no persiguen en este país aligerar los procesos. Por el contrario: casi siempre se trata de verdaderos obstáculos que no tienen nada que ver con mi vida. El funcionario es mi enemigo cuando se pone pesado, es decir, cuando cumple con las normas. Por eso, en Venezuela, todo funcionario público cumple con las normas. Por eso, en Venezuela, todo funcionario público o es un delincuente o es un antipático. La verdadera filosofía del Estado venezolano descansa sobre un axioma preciso y diáfano, esto es: el Estado en Venezuela sirve para impedir una catástrofe. El Estado desconfía absolutamente de los ciudadanos. El Estado venezolano parte de la idea de que somos unos pillos y de que es necesario impedir que seamos tan pillos.

–¿Cómo hacer un país donde la realidad no está divorciada de lo que está escrito en el papel?

–Hace unos años escribí una comedia llamada Acto Cultural. Los personajes de esa comedia eran miembros de la Junta Directiva de una Sociedad Cultural en una pequeña ciudad provinciana. Vivían para la cultura y representaban la cultura, quiero decir, “la gran cultura”. Un día, esta Junta Directiva de la Sociedad Louis Pasteur decide celebrar los 50 años de la institución, con una representación teatral de la vida de Cristóbal Colón. La representación es un fracaso, porque, diabólicamente, perversamente, en lugar de recitar el texto previamente acordado, esos miembros de la Sociedad Pasteur hablan de lo que les pasa, confrontan sus intimidades, proclaman sus amarguras y catástrofes cotidianas. El Secretario de la Sociedad declara ante los supuestos espectadores del pueblo que a él toda la vida lo que le ha gustado es el trasero de una alemana y la posibilidad de tomarse 15 rones después de las seis de la tarde. Que esa es su cultura, porque, al mismo tiempo, esa es su apetencia, su sinceridad, su realidad. La declaración es catastrófica y las “fuerzas vivas” de la localidad abandonan el recinto. La Sociedad Louis Pasteur ha muerto. Nadie le dará una subvención, nadie le permitirá funcionar. Es el precio de la confesión, o si se quiere, de la sinceridad. Creo que la sociedad venezolana, y me refiero a la sociedad en el sentido de grupo humano que establece ciertos compromisos, ciertos objetivos comunes, está basada en una mentira general, en un vivir postizo. Lo que me gusta no es legal. Lo que me gusta no es moral. Lo que me gusta no es conveniente. Lo que me gusta es un error. Entonces, obligatoriamente tengo que mentir. No voy a renunciar a mis apetencias, a mi “verdad”. Voy a disimularla. Voy a aparentar esto o lo otro, para así poder esconderme, porque vivo en un país donde mis deseos no forman parte de la poesía, donde el “culo de la alemana” o los 15 rones del atardecer no son “culturales”, donde la descripción que se hace de mí en términos literarios, pictóricos, es decir, en términos “sublimes” pertenece a ese edificio casi teologal que es el “deber ser”. ¿De dónde sacamos nuestras instituciones públicas? ¿De dónde sacamos nuestra noción de “Estado”? De un sombrero. De un rutinario truco de prestidigitación. El campamento que era una ciudad como Caracas hacia 1700 consiguió una “forma” capaz de disimular ciertas amabilidades precarias, cierta vida auténtica, donde intercambiábamos un poquito de sal y un poquito de harina, cierto “mientras tanto” y cierto “por si acaso”.

–¿Y hoy?

–Vivir es defendernos del Estado. Defendernos de un patrón ético al que llamamos “Estado” y que no es otra cosa que la traslación mecánica de un esquema europeo. Se aceptó la “moral” y la “cívica”, como me las enseñaban en el bachillerato, cuando mi profesor en el Liceo Fermín Toro me decía una cosa y el policía de la esquina me decía otra. Vivimos en una sociedad que no ha podido escoger entre la “moral” y la “cívica”, hasta el sol de hoy, conceptos absolutamente contrapuestos. Si soy “moral” no soy “cívico”. Y si soy “cívico”, ¿cómo diablos hago para ser moral? El Estado venezolano, dicho así, con mayúsculas, no se parece a los venezolanos. El Estado venezolano es una aspiración mítica de sus ciudadanos. El Presidente es presidente sólo porque él dice que es presidente. Pero, en realidad, no es un presidente. Es una persona que está allí, desempeñando una provisionalidad, mientras le encontramos su “lado flaco”, su rasero de miserias cotidianas, su condición de “zángano” del panal. De allí que la función presidencial no es entendida del todo por los ciudadanos. Casi todos nuestros compatriotas piensan “honestamente” que el Presidente, sea quien sea, llámese como se llame, es un ladrón. O es más o menos un ladrón. Si un hombre llega a Miraflores, es necesariamente “lógico” que se dedique a robar. Si no lo hace, pertenece a la categoría de los “inexistentes”, al limbo del “paradigma”. Desde luego, no nos gusta que el Presidente robe. No nos gusta. Lo damos por hecho. Puede ser que nos quejemos amargamente de la corrupción gubernamental, de tal o cual pillo que se robe un dinero, pero la damos por hecho. “Todos los políticos son unos bandidos”. “Todos los políticos son unos corruptos”. “Todos los políticos son unos ladrones”. Eso es lo que realmente pensamos. El corrupto no es un ser excepcional. El corrupto es un ser lógico, sostenido por una relación de causa y efecto. El corrupto es “la norma”. El hombre honesto o es un pendejo o es simplemente una excepción lujosa.

–Con la aparición del petróleo, el ciudadano empieza a pedirle al Estado una cierta racionalidad, una efectividad y una eficacia...

–Se creó una especie de cosmogonía. El Estado adquirió rápidamente un matiz “providencial”. Pasó de un desarrollo lento, tan lento como todo lo que tiene que ver con agricultura, a un desarrollo “milagroso” y espectacular. Un ciudadano inglés, un italiano, un sueco, no espera “milagros” del Estado. A eso se reduce lo que se llama “madurez política”. A no esperar demasiado del Estado. Los parámetros de las sociedades europeas son previsibles. Inglaterra se mueve dentro de una relativa prosperidad y una relativa pobreza desde hace un montón de años. La apreciación de la gestión gubernamental, por parte de un ciudadano inglés, es un hecho bastante objetivo, proviene de situaciones absolutamente concretas. Para Margaret Thatcher es relativamente sencillo convocar a los ingleses y decirles: “Miren, la situación es muy difícil. No prometo prosperidad, no prometo multiplicar los panes y los peces. Prometo dificultades, peligros de todo tipo, y prometo un empeño en tratar de salir adelante. Prometo seriedad. Tal vez vamos a decaer. Tal vez vamos a vivir peor. Pero, prometo que voy a tratar de hacerlo lo mejor posible”.

–De ellos a nosotros, de lo ideal a lo concreto:

–Imaginemos que un político venezolano diga algo parecido en una campaña electoral. Imaginemos un candidato que nos hable de imposibilidades, de limitaciones, de realidades. Un candidato que no nos prometa el paraíso es un suicida. ¿Por qué? Porque el Estado no tiene nada que ver con nuestra realidad. El Estado es un brujo magnánimo, un titán repleto de esperanzas en esa bolsa de mentiras que son los programas gubernamentales. Un tomate, una papa, una mazorca, un arbusto de café eran en la Venezuela de 1900 productos de un esfuerzo tangible, de mediocre certeza. No hay ningún milagro posible en una mazorca, como no sea el milagro de la tierra. Una mazorca de maíz cuesta tres centavos, cuatro centavos, cinco centavos, seis centavos. Esas son, en términos de precio, las únicas sorpresas que puede darnos. El petróleo es diferente. Espectacularmente diferente. Hoy valía medio dólar. Mañana tres. Después seis, doce, veinticuatro, hasta treinta y seis dólares. No se trata de una economía fundamentada en el fatigoso esfuerzo, en el “un poquito hoy” y “un poquito mañana”. Se trata de un show económico. El petróleo es fantástico y por lo tanto induce a la ilusión de un milagro. Creó en la práctica la “cultura del milagro”. Por primera vez, el Estado venezolano había hecho un “buen negocio”, lo cual, viéndolo bien, resultaba excepcional dada su costumbre de hacer pésimos negocios. ¿Cómo un pobre se convertía en rico en la Venezuela de 1905? Descubriendo un tesoro. No había otra manera. No había “negocios”, ni especulación en la Bolsa, ni golpes de fortuna. Había la leyenda de que los españoles en los días de la Independencia enterraron baúles, arcones, botijuelas repletas de morocotas. Mi padre, un primitivo habitante de lo que hoy en día llamamos en Caracas, Catia, o Parroquia Sucre, solía hablar de un canario que a principios de siglo descubrió uno de esos tesoros. Cavó en la tierra, hizo un hoyo, y encontró monedas de oro. Pues bien: a eso se parece el petróleo. Es cuestión de cavar hoyos y descubrir riqueza. El hueco petrolero sustituirá a la imaginación del hueco donde había morocotas españolas. El Estado era ahora capaz de hacernos progresar mediante audaces saltos. !Viva Gómez y adelante! ¿No era ésa la consigna? ¿No pagó el dictador la deuda externa en pocos años? ¿No comenzamos a ver prodigios? ¿No fue ese el comienzo del “sueño venezolano”? Tal vez Argentina lo tuvo en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Tal vez Chile en los lejanos días del cobre y el nitrato. Tal vez Brasil, en tiempos de Getulio Vargas. Pero no se puede hablar de un sueño colombiano, ni de un sueño paraguayo, ni de un sueño boliviano u hondureño. La agricultura y la ganadería no provocan las mínimas condiciones de ese “sueño”. Nuestro “sueño” fue saltar sobre esa lenta y fatigosa historia.

–¿Y nos apoyamos en una mentira?

–La riqueza petrolera tuvo la fuerza de un mito. Mi padre hablaba de Filippo Gagliardi como los norteamericanos hablaban de Henry Ford. Digo mal, porque la riqueza de Henry Ford es el producto concreto de una inventiva y de una inmensa capacidad de trabajo. Pero Gagliardi en los años de Pérez Jiménez llegó al sitio del “baúl de morocotas”. Llegó, según mi padre, con los pantalones rotos. De hecho, tuvo que hacerse unos pantalones, nada menos que con la bandera del barco y ahora, me parece estarlo oyendo, míralo, míralo a donde llegó. Mira el relator que tiene.

En mi casa de Catia, por allá por 1955, vivió un inmigrante italiano. Un día, ese italiano de profesión tornero, descubrió en una revista un anuncio que promocionaba esas señales de carretera que llamamos “ojos de gato”. El hombre recortó el aviso, y me hizo escribirle una carta al ministro de Obras Publicas, solicitándole una audiencia. La carta fue enviada, pasaron meses y meses, y por fin, el ministro se dignó atender al italiano tornero. Pasó un año y por fin el contrato se hizo realidad. De golpe y porrazo, como solemos decir, el italiano era representante exclusivo de los “ojos de gato” en ese fantástico país en ascenso. Demás está decir que se hizo millonario. Pero ese concepto, o mejor dicho, esa ilusión, profundizó más la idea de la provisionalidad. Nunca fuimos tan “provisionales” como en los dorados años de Pérez Jiménez. Había más riqueza que presencia. La ciudad de Caracas no era capaz de reflejar esa prosperidad por más edificios y monumentos que se construyeran. La ciudad seguía siendo una aldea, pero todos estábamos de acuerdo en que se trataba de una aldea provisional, “mientras tanto y por si acaso”. Por eso desapareció el hotel Majestic para dolor de los nostálgicos. Por eso despedazaron con una bola de acero la miserable casita donde había nacido Andrés Bello. No vivíamos donde teníamos que vivir, pero tampoco sabíamos dónde teníamos que vivir, cuál era la imagen de la ciudad que soñábamos, en qué consistía esa fabulosa ciudad. Por eso, Caracas no es una ciudad reconocible. Por eso no se la puedes describir a un extranjero. Vete a París e intenta explicar a un francés qué es Caracas. ¿Qué puedes decir? Grandes edificios, muchas autopistas, algo como Houston, como Los Ángeles, algo inerte y sin recuerdos. Grandes, edificios, grandes autopistas, como los discursos de Pérez Jiménez, que eran una síntesis de cuántos edificios se hicieron y cuántas autopistas se construyeron. La democracia lejos de apartarse de ese camino, insistió en la construcción de ciudades provisionales. Betancourt, Leoni y Caldera no fueron demasiado lejos en ese “sueño venezolano” porque la realidad presupuestaria lo impedía. Seguíamos siendo ricos, pero, no tan ricos. Pero vino el otro Pérez, Carlos Andrés Pérez, y allí sí encontramos la frase que nos definía. Estábamos construyendo La Gran Venezuela. Pérez no era un Presidente. Era un mago. Un mago capaz de dispararnos hacia una alucinación que dejaba pequeñas lagunas. Pérez enrumbó el acto del poder hacia la fantasía.

–El pueblo venezolano es irreverente frente al poder; sin embargo, le exige formalidad...

–Es cierto. No solamente el venezolano le está pidiendo al Estado que asuma dignamente su condición de tal, sino que por primera vez en la historia de Venezuela, hay signos inequívocos de que nos interesa la suerte de ese Estado, hasta donde percibimos la noción de Estado. Normalmente, en Venezuela el Estado es el gobierno, y concretamente el gobierno de turno. Desde los tiempos de Juan Vicente Gómez hasta el segundo o el tercer año de gobierno del doctor Herrera Campíns, los informes del Banco Central, las alocuciones presidenciales y las declaraciones de los ministros de Hacienda pregonaban un continuo crecimiento. El país crecía económicamente casi como los ciclos de la naturaleza, y tan irresponsable era ese crecimiento como puede ser irresponsable un aguacero. Era un crecimiento que no dependía de nosotros. El mundo nos hacía crecer. La prosperidad norteamericana o europea nos hacía crecer. El nacionalismo egipcio nos hacía crecer. Las ambiciones árabes nos hacían crecer. Y de repente, ese crecimiento se detuvo. Hemos comenzado a vivir un déficit, y el presidente Lusinchi no ha podido soltar una balandronada de esas de, “ahora somos más ricos” o “estamos pensando regalarle un barco a Bolivia” o “vamos a prestarle dinero a los países pobres de Latinoamérica”, como alguna vez nos dijo Pérez Jiménez. Por el contrario, andamos ahora de lo más modestos y nuestra única soberbia es pagar puntualmente los intereses de la deuda externa y a regañadientes un pedacito de capital. El gobierno tiene problemas y todo el mundo sabe que el gobierno tiene problemas. Entonces nos ha empezado a interesar la suerte del gobierno. Hemos comenzado a entender que el gobierno no es una catástrofe natural, sino una contingencia que se expresa en un proyecto económico. Y hemos comenzado a entender que ese proyecto económico del gobierno tiene que ver con el precio del solomo y de los pimentones cotidianos. Que un error del gabinete reduce las posibilidades del sueldo que gano. Antes no ocurría. Antes el gobierno era simplemente una calamidad, una desgracia natural, una breve esperanza y un inevitable deterioro en estos tiempos de la democracia; un fraude ontológico. ¡Qué lejos quedaron los tiempos del segundo Pérez! La noción de progreso surgió en nosotros a partir de acontecimientos gratuitos. Yo me acerco a los cincuenta años y jamás en mi vida de ciudadano, un Presidente me ha convocado a nada. Yo he vivido cuarenta y ocho anos en calidad de testigo del gobierno, sin escuchar una proposición que venga de Miraflores. De Miraflores vienen hechos cumplidos e indiscutibles. A veces, esos hechos cumplidos, productos de un azar histórico (la crisis del Canal de Suez, la guerra arabejudía, etc.) han provocado un tremendo impacto emocional en mi vida. Lo provocó Pérez Jiménez cuando nos participó que éramos un país rico. Hasta ese momento, yo estaba acostumbrado a vivir en un país de gente que sobrevivía.

Durante el siglo XIX y, en este siglo, hasta la presidencia de Cipriano Castro, el país vivía decayendo. Vivir era sobrevivir. Un pequeño período de bonanza relativa, una correcta administración de algún servicio público, era todo un acontecimiento excitante. Era salirse de la norma habitual. Pérez Jiménez decretó el sueño del Progreso. El país no progresó, desde luego. El país engordó, y hay una gran diferencia entre engordar y progresar. Pero esa gordura, ese sobrepeso, desempeñó el rol del progreso. Los venezolanos creemos que La Gran Venezuela del otro Pérez fue impactante. Pero esa Gran Venezuela del segundo Pérez fue mucho menos sensacional que la Gran Venezuela del primer Pérez. Pérez Jiménez fue un debut Carlos Andrés Pérez, una reprise. A pesar de la visceral enemistad, los dos Pérez se parecen mucho. Pérez Jiménez identificó nuestro pasado con la mediocridad. Nos hizo pensar que esa esperanza que el pueblo depositó en el breve gobierno de Rómulo Gallegos era un error candoroso. Pérez Jiménez logró identificar al país palúdico y juambimboso, al país de los hombrecitos de un metro sesenta y tez amarillosa con el plebeyismo adeco. No fue Pérez Jiménez un gobernante impopular. Fue simplemente un gobernante “apopular”. Derrocó el gobierno de Acción Democrática con un golpe frío sumamente aplaudido por la exigua clase media, por los socialcristianos y por la elite financiera. Acción Democrática se disolvió como un antiácido a pesar de toda esa leyenda de oposición clandestina... heroica, precisamente por lo que tuvo de individual, porque fue el enfrentamiento de una dictadura ante una pavorosa indiferencia general.

Creo que he insistido mucho en los años de Pérez Jiménez a lo largo de esta conversación. Pero es que a veces me preocupa que nos olvidemos de la trascendencia histórica de esos años. ¿Hasta cuándo la Historia de Venezuela va a continuar contándose en términos morales? ¿Hasta cuándo vamos a dividir nuestros gobernantes en buenos y malos?

–¿Hemos intentado construir un Estado que no coincide con lo que somos?

–Si hemos construido desde 1828 hasta el sol de hoy un Estado apolíneo, donde la realidad actúa como una frustración de lo sublime, no tiene nada de extraño, entonces, que nuestra historia se cuente, y lo que es peor, se interprete, en términos morales. La tradición histórica de esta república parte de un supuesto terrible. En 1783, nació en Caracas, un genio inimitable, un extraterrestre insuperable, una especie de carambola cósmica. La historia de Simón Bolívar, la que aparece en sus documentos, en sus cartas, en sus manifiestos, en sus consideraciones sobre la política de los primeros años del siglo XIX, no tiene nada que ver con ese semi-Dios inventado, fertilizado y a veces censurado por la Sociedad Bolivariana. Desde luego, el culto a Bolívar, la sacralización del Padre de la Patria, no es una potestad única de la Sociedad Bolivariana. Desde Guzmán Blanco para acá, no ha habido un presidente de Venezuela que no haya citado a nuestro gran personaje a la hora de cometer cualquier arbitrariedad. El pensamiento de Bolívar es romántico y por lo tanto febril y tormentoso, repleto de humores, indignaciones, exaltaciones, tormentos y alucinaciones, como las sinfonías de Beethoven o las extravagancias de Lord Byron. De hecho, quienes conocieron de cerca a Bolívar nos lo describen como un hombre pintoresco, escénico, amigo de los coups de theatre, erotómano e inestable. De allí que sus acciones en el campo político presentan claras contradicciones, malos humores, depresiones y cuanto “ego” puede haber en este mundo, características todas estas que lo hacen ser un hijo de su tiempo. Este hombre intuye en Europa una visión americana. Él tiene el paisaje. Europa le aporta una ideología, o dicho más rigurosamente, una inquietud ideológica. Su pasión, la misma que le llevó a inventar sombreros a París o a jugar naipes como un libertino desaforado, lo induce a afirmar que Napoleón Bonaparte es un traidor, que ha cambiado la casaca republicana por ese manto de armiño y ese oropel de pedrería que aparece en el famoso cuadro de la coronación. Napoleón ha abandonado los principios esenciales de la revolución francesa. Bolívar, atrapado en esa ira, merienda en el Monte Sacro de Roma, y allí, si ha de creerle uno a la tormentosa memoria de Simón Rodríguez, nuestro Libertador habla del Imperio Romano y de piedras seculares y de la Independencia de su tierra. Dicho de otra manera: Él va a enmendarle la plana a Napoleón. Él va a hacer lo que Napoleón no hizo. Él va a vivir un drama masónico, el sueño de los “freres” y todo eso, en Güiria o en Ocumare o en Puerto Cabello. La construcción de la obra es la construcción de él mismo. Él es su obra. Terminada la acción donde este caraqueño se desempeña con impresionante y hasta neurótica tenacidad, Bolívar pierde el rumbo y se convierte en un hombre incómodo. Ha concebido un gran ideal, la unión de varios países en lo que él denomina La Gran Colombia. La idea es perfectamente francesa, y cuando digo esto, por Dios, no pretendo ser peyorativo, no pretendo que los lectores de la sección de Cartas de El Nacional me exhiban como un nuevo Santander o como un segundo Arciniegas. La idea de la Gran Colombia es francesa, es universalista, es europea, es, en una palabra, una idea de “civilización”. Y si hubiese ido más lejos, si hubiese concebido un país del tamaño de Suramérica, con Brasil, Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay, sumados, el delirio, pues, habría sido fantástico. Pero la realidad no funcionó. Y lo que me niego a pensar es que la realidad que destruye el sueño de la Gran Colombia es una simple sumatoria de mediocridades. Me niego a considerar al general Páez como un cretino patán que no supo entender la magnitud de un genio. A eso llamo la historia moral de Venezuela. Bolívar es genial. Páez es un imbécil. Santander es un cochino. Sucre era muy bueno. Mariño, medio bueno. Piar un ambicioso, Bermúdez un matón; etc. ¿Qué es esto? ¿Adónde vamos con este catecismo? ¿Qué clase de historia es ésta que comienza por etiquetar virtudes morales en los próceres? ¿Qué derecho tienen las “viudas del Libertador” de despotricar del general Páez? Cometido ese pecado original, la historia de Venezuela se comporta como una estirpe. Este es un bueno. Este es un malo. Esta, pobrecita, es mala porque no le informaron. Vargas es bueno. Carujo es malo. Soublette es bueno. Guzmán robaba pero no se le pueden negar sus virtudes. A Castro lo perdieron las mujeres. Zamora era bueno y lo mataron los malvados en Santa Inés, Gómez era un vampiro, pero hizo la Trasandina, o Gómez es el mejor presidente que hemos tenido porque nos metió a todos en cintura. ¿Qué estupidez es ésta? ¿Cómo le podemos enseñar a nuestros jóvenes semejante basura?

–Bolívar...

–He citado a Bolívar como un personaje víctima de sus admiradores, para referirme a la manera como la sociedad venezolana percibe a sus caudillos. Rómulo Betancourt, me interesa mucho más; desde luego, no porque lo considere más importante que Bolívar, en esta especie de carrera de caballos o de olimpíada en que hemos convertido el análisis histórico, sino porque me atañe más. Yo tuve una gran desgracia, o mejor dicho, una doble desgracia, a la hora de apreciar la figura de Betancourt. Cuando era niño, mi padre, ferviente católico, describía a Betancourt, en nuestras sobremesas, como un comunista que recibía rublos del Kremlin, un enemigo de lo piadoso, prácticamente un espía a las órdenes de la KGB. Cuando ingresé al Partido Comunista, la descripción era tan religiosa como la de mi padre. Betancourt era simplemente un agente de la CIA, un tenebroso personaje a las órdenes del imperialismo, dispuesto a entregar el petróleo, el acero y el aluminio a esa especie de guarida del diablo que era Wall Street. Quiero decir que yo viví dos religiones frente a Rómulo Betancourt. Durante su gobierno, me sentí perseguido. Sobreviví gracias a la piedad del Director de Cultura del Ministerio de Educación, y a la generosidad del director de la Radio Nacional, porque literalmente fui expulsado del Departamento de Teatro Infantil del Consejo Venezolano del Niño, por comunista. Fue necesario un cierto tiempo para que yo pudiese percibir la figura de Betancourt con una relativa serenidad. Durante el gobierno del doctor Leoni, leí por primera vez la reproducción de El Libro Rojo, editado por José Agustín Catalá. Pocas lecturas nacionales me han impactado tanto. Las cartas de inconfundible estilo, enviadas por Betancourt desde Costa Rica, nos describen a un febril muchachón marxista en el trance de descubrir que el marxismo no era una panacea universal. La reflexión de Betancourt sobre las peculiares condiciones socioeconómicas de Venezuela, son, mira tú lo que es la vida, el origen del MAS, sólo que se trataba de un MAS concebido en 1930, cuarenta y un años antes de la aparición de ese grupo político.

Betancourt, en su lenguaje no siempre feliz, habla de un socialismo con vaselina, es decir, de una estrategia y de una táctica donde el movimiento revolucionario contra la dictadura de Gómez tiene que tomar en cuenta la realidad concreta de la economía y de la historia de Venezuela. Betancourt distingue matices en la primitiva “burguesía nacional” y esgrime la democracia, como una táctica destinada a crear rebeldía en “las masas”. Era un pensamiento. Los comunistas de esa época actuaban, por el contrario, como un club de admiradores de la Unión Soviética, como “fans” de Stalin empeñados en proclamar los logros de la actividad koljosiana en la remota Ucrania. Hablaban de remolachas soviéticas y de campesinos de ropa modesta y almidonada contemplando puestas de sol con música de balalaika. El primer manifiesto del PCV esta escrito en vocativo. “Vosotros obreros sois...”, es decir, está escrito en el lenguaje de los curas españoles. Betancourt le puso el “tú” a la moderna política venezolana. Su actividad consiste en visitar cada pueblo, cada caserío, cada conuco y explicar allí la idea de un partido redentor. Betancourt se ata a la cuerda histórica de la Revolución Federal, y, desde luego, le hace la cruz a la candidez de los comunistas. Betancourt llega a definir al Partido Comunista de Venezuela como un partido “pequeño burgués”. La democracia, es decir, el país donde hoy vivimos, es su norte. Dudo mucho que Betancourt haya entendido en profundidad las ideas de Marx. ¿Dónde las podía leer integralmente en 1940? La actividad política lo convirtió en un hombre de circunstancias. La formación stalinista le hizo pensar que la democracia era él. Los sucesos en que se vio involucrado, desde el golpe contra Medina, hasta la caída de Rómulo Gallegos, terminaron por convertirlo en un pragmático, en un hombre cauteloso que aprendió a dominar sus rabietas. De allí que hizo amigos, que unió esfuerzos, que le hizo la corte al doctor Caldera, que denunció el sectarismo, que gobernó Venezuela durante los primeros años de la década del sesenta, era un obsesivo de la democracia por la democracia misma. Su política económica es la lógica transición de lo que el perezjimenismo había acumulado y la lógica crítica de lo que el perezjimenismo había dejado de hacer. No se trata de un golpe de timón. Se trata de una corrección de rumbo carente del menor dramatismo.

El país en el plano económico sigue siendo más o menos el mismo si se descuenta la feroz posición ante los corruptos, la necesidad de sanear la administración pública y el establecimiento de unas reglas de juego mucho más civilizadas. Habíamos conquistado la democracia y Betancourt aspiraba sinceramente a una efectividad gubernamental que no levantase demasiadas ampollas. La consigna con la cual llega al poder es impresionante. Los Napolitan se habrían llevado las manos a la cabeza. Los estrategas de salón lo habrían tildado de loco o suicida: “Contra el miedo: Vota blanco”. Pero, en efecto, su gobierno se hizo “contra el miedo”, contra los traumas, contra los que aspiraban, incluso en su propio partido, a una mayor profundización en las reformas sociales. Habíamos conquistado la democracia, y para Betancourt, hombre del 28 al fin y al cabo, la posibilidad de hablar mal del gobierno, la posibilidad de criticar a un ministro ineficaz o a un funcionario ladrón, era una razón de vida. Era una tarea histórica. “Hablar pendejadas del gobierno”, es decir, “menos barbarie y más decencia”, fue su visión. Betancourt el fiero, había aprendido a vivir en sociedad. Allí estuvo su gloria y, a veces, creo, su infierno. Quién sabe si le agregó azúcar a la vaselina. En todo caso, evitó cuidadosamente “los grandes cambios”, hasta que mi papá me dijo, caramba, es verdad, como que el tipo no era comunista.

–Betancourt sí intenta cambios en lo económico. Él inicia la política de sustitución de importaciones...

–No quiero ser mezquino. Pero la política de sustitución de importaciones era una exigencia empresarial, o por lo menos, de un gran sector del empresariado. Existía una capacidad económica para ensamblar automóviles y cigarrillos y laticas de petit-pois. Existía la posibilidad de cerrar gradualmente las importaciones. Betancourt enmendó una política económica, sin eso que los dirigentes adecos suelen llamar “mayores traumas”. Insisto en esto, no por disminuir la figura de Betancourt, sino porque resulta ridículo en estos momentos pensar que el 23 de enero de 1958 fue un cambio radical de la sociedad venezolana. No. Todo el mundo tenía miedo. Todo el mundo pensaba que el país se estaba embochinchando y que los militares iban a dar un golpe y que iba a regresar Pedro Estrada con sus “chicos malos”. El 23 de enero fue un júbilo, un aire cordial que flotó en el país. Fue la posibilidad de hablar vainas, de criticar al gobierno, y hasta de sustituirlo. Betancourt definió posiciones y jugó al equilibrio. El modelo de país que su gobierno intuía se parecía a ese lugar donde vivían Mickey Rooney y Elizabeth Taylor en las comedias MGM de mitad de los años cuarenta. Era la apoteosis de la clase media. El Cafetal es un museo viviente de esa aspiración.

Por eso, duélale a quien le duela, Betancourt no sólo es el fundador de Acción Democrática, sino el artífice supremo, el gran constructor del partido social cristiano. Betancourt fue el gran empresario del partido Copei en esa especie de “trust” democrático que se construyó durante su gobierno. Cuando Gonzalo Barrios perdió las terceras elecciones presidenciales de la democracia, Betancourt debe haber puesto una fiesta, porque, muy por encima de las aspiraciones hegemónicas de su partido, aparecía un concepto de alternabilidad democrática. El caudillo no sólo había inventado el gobierno, había inventado, nada menos, que la oposición. Cuando Pérez perdió, todos vimos a Betancourt diciendo “We will come back”. ¿Alguien vio amargura en su rostro? Por el contrario, yo diría que el hombre que nos hablaba era un hombre feliz.

Copei ocupó el lugar que en una época eterna y tormentosa ocupaban las Fuerzas Armadas, o los caudillos alzados: la ilusión de cambio, la misma que excusó la invasión de los sesenta contra el gobierno de Ignacio Andrade. La misma. Sólo que menos espontánea, más cívica y definitivamente constitucional.

–¿Usted cree que el Estado se puede reformar en frío? ¿La única salida es el escepticismo?

–Sinceramente, no me siento escéptico en cuanto a las posibilidades de una reforma del Estado venezolano. No me siento escéptico frente a la Copre, si por escepticismo entendemos la cómoda posición de quedarse en casa y decir, con el estilo de un viejo matón de la política: “Están perdiendo el tiempo. Hay otras realidades”. Y toda esa quincalla. Sí creo que la Copre se mueve en un terreno difícil. Sí creo que no es del todo cierta esta convocatoria del Estado a su propia reforma. Pero, sería un necio si no me percatara de que por algún motivo, el país ha comenzado a vislumbrar que en la reforma del Estado está su supervivencia.

Que en las actuales circunstancias, la Copre arribe al éxito que todos esperamos, desde luego, me parece difícil. Quién sabe si la Copre es el inicio de un proceso, una institución en medio de una crisis, destinada a crear una conciencia. La Copre no brotó de la nada. Brotó de ciertas formas organizativas que la población ha comenzado a poner en práctica para defenderse de las arbitrariedades del Estado. Cuando alguien dice que los venezolanos debemos votar por los gobernantes regionales, está, al mismo tiempo, proclamando una experiencia, está constatando una situación a partir de seis gobiernos, y de lo que ha ocurrido en esos seis gobiernos. Está claro que no podemos continuar así. Decía al comienzo de esta conversación que por primera vez nos importa la suerte de un gobierno.

La oposición al gobierno del doctor Lusinchi no ha podido ser radical. Nadie en Venezuela está pensando en qué diablos hacer para desembarazarnos de este gobierno. Por el contrario, existe una demanda de éxito, un desearle al Presidente como símbolo de poder, cierta lucidez para que el país salga del atolladero. La etapa infantil de castigar al gobierno y volvernos a enamorar de un nuevo pretendiente ha comenzado a ceder. El fracaso de Lusinchi, sería mi fracaso, y mi fracaso no me puede alegrar. La polarización mediante la aplicación mecánica de la alternabilidad -AD-COPEI - COPEI-AD, tiene ahora otro sentido. Si alguna crítica se le puede hacer al doctor Lusinchi es haber cometido el acto de adolescencia de prometernos que con él íbamos a vivir mejor. La época de los ofertones ha comenzado a declinar, porque el país demanda del gobierno una mejor y más lúcida explicación de lo que está haciendo. Ningún gobierno es exitoso. El poder conduce a la desilusión en las sociedades primitivas. ¿No se desilusionó el país de Pérez a pesar de su espectáculo, a pesar del pleno empleo?

Creo firmemente que los venezolanos hemos comenzado a salir de esa estupidez mediante la cual concebimos al presidente como un señor que arregla problemas por obra del Espíritu Santo. Un presidente no es un ser definitivo. Gómez era definitivo. Franco, en España, fue definitivo. Pérez Jiménez fue definitivo. Fidel Castro es lo más definitivo que existe. Pero se trata de dictadores, de gobiernos sometidos al sello personal, dramático, diría yo, del gobernante. Son hombres que se extienden en el tiempo y sus gobiernos terminan por ser “épocas”. Nadie puede hablar del gobierno de Fidel Castro en Cuba. En todo caso hablará de la “era” de Fidel Castro en Cuba. Pero un presidente quinquenal no es un caudillo. Y si la Constitución venezolana prohíbe drásticamente la reelección del mandatario, tú me dirás qué clase de caudillo puede ser ése. Pero en Venezuela le atribuimos al presidente características de caudillo; es decir, de hombre capaz de crear “eras”. Yo personalmente detesto los caudillos y no me gusta vivir “eras”. A veces creo que es absurdo que los venezolanos no podamos reelegir al presidente, porque, desde luego, en cinco años, es idiota prometer un “cambio”. Pero esto forma parte del pánico que inspira en Venezuela la figura del presidente. Cinco años, y salimos de él, como exclamando... ¡uf!

–¿Realmente el venezolano se ha dado cuenta de la necesidad de reformar el Estado o ha sido una reforma impuesta?

–El país se atascó. Eso es un hecho. El país está saturado de vicios que provienen del Estado. Probablemente lo que sucede es que resulta muy difícil en Venezuela percibir la noción del Estado. En Venezuela hay gobierno... y de vaina. El gobierno es el primer agresor del Estado. Cada cinco años, el gobierno se enfurece contra el Estado, descabeza funcionarios, liquida planes, desvía presupuestos, liquida proyectos, quema documentos, cambia los membretes, es decir, destroza una mínima continuidad administrativa. El presidente irrumpe en Miraflores prometiendo un país nuevo, como las promociones de detergentes. Pero en el fondo, los detergentes no son nuevos. Los detergentes son más o menos lo mismo, y sus posibilidades de cambio, pertenecen al mundo de los detalles. El gobierno se publicita a sí mismo como “nuevo”, “audaz”, “definitivo”, “otra cosa”, “de aquí en adelante”, pero las relaciones de poder..., relaciones institucionales con la CTV, con Fedecámaras, con los bancos, con el Ejército, con el Clero, con los maestros, etc., son más o menos la misma cosa. Entonces, ¿por qué en lugar de proclamar novedad, no proclamamos efectividad?

La noción de reforma del Estado, que en el fondo no es más que una más sana y efectiva distribución del poder, atenta contra este principio jabonero de nuestros gobiernos. Hace poco el doctor Humberto Celli argumentaba en televisión contra la proposición de que los gobernantes fuesen elegidos mediante una votación directa. El Celli se preguntaba por el desastre que eso significaría. ¡Un gobernante del estado Aragua enfrentado al Presidente de la República! ¡Qué horror! !Qué caos! ¡Qué desorden! ¡Si ahora cuesta meter a los gobernantes en cintura, imagínense cómo sería eso! Pero lo que no dice el doctor Celli es que el sistema actual ha creado una gran frustración en la provincia. Lo que no dice el doctor Celli es que nuestra provincia se ha hecho más sentida culturalmente hablando, más autónoma en la vida cotidiana, y que esa fórmula del gobernador elegido “a dedo” por el Presidente de la República, amenaza el desarrollo del país. La presencia de ese policía central que es el gobierno, ese policía que desde un alto faro vigila el territorio nacional, ha comenzado a resultar intolerable. Porque en el fondo es un policía que vigila mal, un policía equivocado, mofletudo, carente de reflejos, achacoso. Es el “supremo autor” según la letra de nuestro himno. El “supremo autor” que vigila desde el “Empíreo”. Volvemos a la comedia del Estado. Hay que engañar al Gordo. La expresión circunstancial del Estado, que es el gobierno, es la de un cretino al que debes engañar si quieres sobrevivir. Vas a pedirle algo y jamás podrás decir la verdad. Estás obligado a la mentira. Tienes que convertirte en un experto en el uso de palabras claves. Tienes que otear en el horizonte y percibir que hoy el gobierno está interesado, qué sé yo, en las instituciones pedagógicas populares. Entonces tú quieres escribir un ensayo, qué sé yo, sobre Teresa de la Parra, y deseas que el gobierno te patrocine esa investigación. Tienes que mentir. Tienes que decir que el ensayo sobre Teresa de la Parra se compadece perfectamente con la política de desarrollo de las instituciones pedagógicas de la cultura popular. Aquello no pega ni con cola. Tu ensayo es elitesco, no va más allá de treinta interesados, pero tú mientes y estafas al Gordo. Los documentos públicos, las cartas de peticiones, son en Venezuela una gran picaresca que ríete del Lazarillo de Tormes. Pero esta comedia no es potestad del gobierno. Es también un modo de ser de la oposición. La oposición en nuestro país es ridículamente pavloviana. Oposición en Venezuela es decir lo contrario de lo que dice el gobierno. Esto es blanco, dice Lusinchi. Esto es negro, contesta Fernández. Esto es verdad, dice Lusinchi. Esto es mentira, dice Fernández.

Nada hay en este mundo más previsible que un discurso de la oposición. Un discurso de la oposición es un cassette previamente grabado. Se trata de una oposición “programada” como una Apple II. Lusinchi comete el dislate de decir que con su gobierno se va a vivir mejor, porque me da la gana, y la oposición lo espera en la bajadita, en la bajadita inevitable. Los candidatos le presentan al país un “plan de gobierno”, por allí, cuando la campaña está concluyendo, y todos sabemos que eso no es más que un “saludo a la bandera”. En mi actividad, que se refiere al teatro, los planes de gobierno consisten casi siempre en decir que se va a estimular la cultura, que se va a hacer más popular la cultura, y desde luego, que se va a afirmar la identidad cultural del venezolano. ¿Cómo? Ah, no sé. La oposición aguarda en la bajadita. Pasan tres años, y naturalmente, ni se desarrolló la cultura, ni se popularizó la cultura, ni se encontró por ninguna parte la identidad nacional. Entonces, la oposición sale de su escondite y grita: “¡Fracaso!”. “¡Fracaso!”. ¡Por Dios! ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo le permitimos al Presidente de la República que sea triturado por ese implacable mecanismo? ¿Hasta cuándo le vamos a permitir a la oposición ese ritual canónico, inexorable, que le impide hacer verdadera política?

–¿Hasta cuándo la clase política está dispuesta a fracasar?

–Esa es una gran pregunta. ¿No será que al país le hace falta un nuevo liderazgo? ¿No será que debemos permitirle a AD y a Copei un buen descanso, unos cuantos años de recogimiento y meditación en algún claustro? Tal vez ni siquiera sean malos partidos. Pero, ¿por qué no los mandamos a las duchas?, para ver... Son partidos que carecen de objetividad. Son demasiado protagonistas. Pero, hasta Laurence Olivier cansa, si lo ves siempre en la misma cartelera.

–Eso es utópico.

–Pero al mismo tiempo inevitable. AD y Copei están viciados. Y lo que es peor, en sus vicios han arrastrado a los otros partidos. Arrastraron al MAS, por ejemplo. El MAS, al insertarse en ese ritual político, en calidad de actores de reparto, perdió su razón de ser. No hablo, por Dios, de fusiles, no tengo la menor nostalgia por los fusiles. Los fusiles siguen siendo tan estúpidos como en 1963. Pero sí hablo de otra política. Estoy harto de que el MAS baile al son que le tocan AD y Copei. ¿Qué le promete ese partido al país? Hoy en día nada. Hace unos años tampoco prometía nada, pero estábamos en vías de prometer algo. Y ya eso es bastante. Hoy en día, apenas podemos prometer ser... “mejores”. ¿Pero quién le creó eso al MAS? ¿Qué significa que el MAS sea “mejor” que esto? ¿Qué es ser mejor? De nuevo el esquema, la forma, la reflexión que nace y muere en el seno del partido político se impone sobre lo que debería ser real. De nuevo el político aturdido por sus propios mecanismos pierde la noción de sus funciones reales en esta sociedad. El desesperado esfuerzo del actual MAS es: “¡Tómenme en serio! ¡Yo soy tan serio como el doctor Gonzalo Barrios! ¡Yo no soy aquel loquito que proponía fantasías! ¡Yo cambié!” Es decir, yo me parezco a mis adversarios, yo sé de juego, de elegancia, de fairplay. ¿Cómo puede ser una alternativa así?

–¿Hacia dónde puede dirigirse una reforma del Estado?

–¿Reformar qué? ¿Reformar en función de qué? Tenemos la sensación, y más que la sensación, las pruebas, de que el Estado venezolano es impráctico. Y hemos formulado la necesidad de una reforma del Estado. Sabemos que el Estado es ineficaz y que su estructura provoca en él un movimiento de paquidermo. Sabemos, por ejemplo, que existe una permisología aterradora, casi soviética, que impide un mejor desarrollo de la industria de la construcción. El elefante se ha convertido en un carcamal pesadísimo e insoportable, y por lo tanto es urgente una serie de reformas prácticas dictadas casi por el sentido común. Es posible, entonces, estas medidas de carácter inmediato, en estos próximos meses. Pero ellas no deben confundirnos. El problema sigue siendo el mismo. ¿Para qué vamos a reformar el Estado? ¿Qué queremos lograr con esa reforma? ¿Cuál es la proposición, qué es lo que entendemos por Estado aparte de la solemnidad principista? Un organismo existe en la medida que cumple una función y persigue unos objetivos. Se supone que el objetivo del Estado es el progreso efectivo real, coherente, práctico de la sociedad, tal como el reglamento del hotel a que hice referencia.

Cuando estudié Derecho en la UCV, mi profesor de Derecho Constitucional decía que toda la armazón jurídica de una nación perseguía como objetivo una cosa llamada “el bien común”. Está bien. Pero, ¿qué diablos es el “bien común”? ¿La felicidad humana? ¿El bienestar humano? ¿La dignidad humana? ¿La justicia humana? El Estado, al igual que el hombre, vive prisionero de prejuicios, de verdades generales, de cosas que parecen ciertas o que el uso ha convertido en “ciertas”. ¿Qué supone que debemos “progresar”?, pero nadie nos dice qué se entiende por progreso. ¿Más cemento? ¿Más árboles? ¿Más automóviles? ¿Más calles destinadas a que los ciudadanos caminen y oigan el piar de los pajaritos? ¿A qué nos debemos parecer los venezolanos? ¿A la vida del estado de Texas? Ojo, no califico, simplemente me hago esa pregunta. Porque, de repente, para algunos progreso puede ser que vivamos como los pemones. Y para otros, progreso es chimenea, contaminación y cabillas. Todos estamos de acuerdo en que Venezuela debe fortalecer su agricultura. Jamás he conocido un venezolano que diga: “al diablo la agricultura, abajo la cosecha de arroz”. Supongamos entonces que el gobierno decide, como evidentemente es el caso del gobierno actual, aumentar la productividad del campo y reformar leyes, ordenanzas, códigos, procedimientos que tengan que ver con la productividad en el campo. Eso, aparentemente, sería estupendo. Pero, alguna vez nos hemos preguntado cómo vive un agricultor venezolano. ¿Qué necesita ese ser humano que recoge una cosecha de plátanos? ¿Dinero? ¿Más dinero? Pero, ¿dinero para qué? ¿No necesitará, por ejemplo, ese hombre un teatro donde ver maravillas del arte? ¿No necesitará, por ejemplo, una televisión regional, capaz de confrontarlo consigo mismo? ¿No aumentaría la productividad del cambur, si el hombre que lo trabaja está orgulloso, verdaderamente orgulloso, del lugar donde vive? ¿No aumentará esa productividad si el hijo del campesino puede encontrar una sólida librería, un sólido cine de arte, una programación musical y otras tantas dignidades? ¿No soy mejor agricultor si mi hijo puede graduarse de filósofo en la universidad cercana? Se dirá: ¡Qué idealismo! Pero es que la vida de un hombre, de un ciudadano, no puede medirse en términos de productividad. No sólo es cosechar tomates. Es ¿para qué cosecho tomates? He citado goces del arte y del pensamiento pero puedo hablar también de un buen restaurante, de una desconcertante discoteca para bailar, de un circo que me visita, de un recital de El Puma cerca de mi siembra de tomates, de una conferencia de Ramón J. Velázquez en la casa de cultura de mi comunidad. No de miserias culturales que es a lo que estamos acostumbrados. No de migajas que la capital desparrama sobre la provincia. Hablo de vida pletórica. De posibilidades auténticas. De incorporación de todos los hombres de este país a las mejores oportunidades. La calidad debería ser una consecuencia de la cantidad. Pero en nuestro país la cantidad es el único logro.

–Tal vez la reforma más importante sería dotar al Estado de un conjunto de políticas coherentes, que eviten los movimientos espasmódicos, erráticos y convulsionados, y que son los que explican la ausencia de continuidad en los planes. ¿Cuál sería una política coherente en el campo de la cultura?

–La política cultural del Estado venezolano es una política de mecenazgo. Desgraciadamente, no aparece Lorenzo de Médicis por ninguna parte, tal vez porque al mecenas le falta buen gusto, le falta contemporaneidad. Pero, en todo caso, la posición del artista venezolano es la de la mendicidad. El Estado se limita a distribuir un presupuesto, irritante las más de las veces, entre las instituciones culturales. Toma esto. Toma esto. Toma esto... y sigue en tu vida. Te beco, te financio, te ayudo, te doy. Pero el Estado venezolano no hace prácticamente nada por crear las estructuras mínimas donde desenvolverse la cultura en cualquiera de sus expresiones. Por ejemplo, se ayuda al teatro, en el sentido de que se dan unos reales, o unos realitos a los grupos teatrales. Pero el Estado es incapaz de organizar y cuidar y estructurar hacia un concepto de rentabilidad mínima las salas de teatro que existen en el país. Es como darle dinero a un señor para que cultive tomates y después desentenderme de dónde demonios va a vender ese señor esos tomates. ¡Es que el tomate sirve para comerlo! ¿Qué hago yo con unos tomates en unos guacales o en un depósito? Yo quiero comerme esos tomates. Yo quiero ver, oír y tocar las manifestaciones de cultura. Yo quiero que Zhandra Rodríguez se gane su dinero, mientras más, mejor, bailando para la gente y no para una elite ilustrada. Y lo quiero porque seguro que Zhandra Rodríguez se convierte en una empresa, se autofinancia, se muestra como un ser real, y como un artículo de lujo más o menos prescindible. Entonces, que sobrevivan los mejores, como pasa en todas partes del mundo. En todas partes del mundo civilizado hay artistas profesionales y hay artistas aficionados. Los aficionados hacen rifas, tómbolas, colectas y reciben alguna ayuda comunal para presentar sus espectáculos de aficionados. Los profesionales generan dinero y no hacen rifas. ¿Que el proceso es gradual? Sí. Es gradual. ¿Pero cuándo lo vamos a poner en marcha? A mí no me importa que ocurra en el año 2150. Lo importante es que ocurra y ahora hay que sembrarlo. Esa magnanimidad del Estado con la cultura es letal porque, repito, son unos Lorenzos de Médicis tacaños y de horroroso gusto. La actividad cultural en Venezuela es apenas una mala conciencia de nuestros gobernantes. Y si no, fíjate en el gobernador del estado Miranda, que de un plumazo canceló del presupuesto regional la partida cultural. ¿Por qué no cancela la del papel toilette? ¿Por qué no se cancela la partida de “clips”? ¿Por qué les es tan fácil cancelar la cultura?

–¿Cuál es la tarea del ciudadano común?

–La gran pelea es asumir la democracia. Sincerarla. Hay que enseñarle al Presidente de la República a que sea realmente demócrata. Nadie, en esta tarea, tiene derecho a colocarse en la acera de enfrente. Es importante elevar la discusión. Es importante que los socialdemócratas piensen y actúen como socialdemócratas; y los demócrata-cristianos piensen y actúen como demócrata-cristianos. Un cierto cinismo se ha apoderado de nuestros partidos. A veces, el cinismo se disfraza de resignación. Es así. Tiene que ser así. Tengo la obligación, como intelectual, como artista, o como lo que diablos sea yo, de tomarme en serio a los hombres que hacen política en Venezuela. Muchos de ellos han dado lo mejor de sí mismos en esa actividad. Por lo tanto, vale la pena reclamar inconsecuencias. Un día, Miguel Otero Silva me ofreció una columna en el Cuerpo C de El Nacional. Entonces pensé: José Ignacio, tienes cuarenta y ocho años, ¿cuándo carajo vas a decir lo que piensas?